El zorro y la doncella

¡Hola, fantasiófil@s!
Este es un momento histórico: ¡no me he retrasado con la entrada! ¡Y la estoy publicando a una hora decente! Siempre he tenido fe en que este día llegaría.😆
Pues bien, hoy os traigo la segunda parte de la última entrada, El zorro de nueve colas (haced clic en el título para leerla :D). Como su propio nombre indica, tratan, tanto esta entrada como la anterior, sobre la leyenda del zorro de nueve colas, Kyūbi no Kitsune (九尾の狐 (y sí, lo puse en japonés solo porque me hacía ilusión jeje)). Seguramente a muchos os suene de animes como Naruto (¿sabíais que también sale el zorro de nueve colas en Teen Wolf? Porque yo lo descubrí el otro día y me sorprendió muchísimo).
Volviendo al tema... como sabéis, me gusta investigar sobre este tipo de leyendas para luego escribirlas a mi manera (siempre siguiendo la leyenda original, por supuesto). Pero quizás esta sea un poco distinta, porque, aunque busqué mucha información sobre el tema, hay ciertos aspectos con los que no conseguí aclararme (demasiadas versiones de lo mismo). Así que, de todas las que he escrito, quizás esta sea la que más difiere de la versión original, que a saber cuál es. He intentado ser lo más fiel posible con la información que encontré al respecto y os dejaré enlaces a algunas de las páginas que leí al final de la entrada.
Dicho esto, ¡¡espero que la disfrutéis!!

Imagen sacada de caçadores de lendas

 
Daji, Shri Kayō, Bao Si, Wakamo. Mikuzume… Son los nombres que me han ido otorgando los humanos a lo largo de los años, en todos aquellos momentos en los que adopté forma humana para mezclarme entre ellos. El último había sido Mikuzume, el nombre de la chica que había nacido de la pobreza, que había trabajado como sirvienta en palacio y que había seducido al emperador para casarse con ella. Pero ahora Mikuzume había desaparecido, muerta para renacer como un nuevo ser, como una diosa capaz de volver luz las más oscuras sombras. Al menos, eso era lo que creían todos aquellos que me habían visto brillar días atrás en la sala pura y clara y que, en lugar de ver mi auténtica esencia de zorro, habían decidido darme el nombre de un dios. Así fue como dejé de ser Mikuzume y me convertí en Tamamo no Mae.



 
Una tos, un poco de sangre salpicando las sábanas y la sombra de la muerte bajo los ojos. Observé al emperador con fingida preocupación, como una buena esposa miraría a su amado marido al borde de la muerte. Ni siquiera la luz del día que entraba a raudales por la ventana que tenía al lado conseguía darle un mejor aspecto. Los mejores médicos de la corte lo habían examinado cientos de veces y todos ellos se habían dado por vencidos. Habían concluido que la enfermedad del emperador era obra de un espíritu maligno que se había instalado en él, y, en cierto sentido, no estaban tan equivocados. De todas formas, era algo que unos simples humanos como ellos no podrían tratar, y así se lo comunicaron al emperador. Cada vez quedaba menos…

Unos toques en la puerta rompieron la calma de la escena. Uno de los recaderos del emperador entró, con la cara enrojecida de quien había estado corriendo.

―Emperador, emperatriz ―nos saludó con una torpe reverencia―, he avisado al onmyōji. Estará aquí en unas horas.

El emperador asintió en un débil gesto.

―¿El onmyōji? ―Pregunté, frunciendo el ceño.

―Disculpe, mi señora, los onmyōji son hechiceros, maestros del ying y el yang. Sus habilidades mágicas son excelentes, son poderosos videntes y realizan también las funciones de curanderos. Quizá sus poderes sí puedan salvar al emperador, no en vano son los únicos capaces de contactar con seres sobrenaturales.

Sabía perfectamente lo que era un onmyōji, no necesitaba que alguien tan inferior me lo explicase como si fuese una pobre humana ingenua. Estaba claro que habían sido inteligentes al contactar con uno, por muy poco habitual que fuese; en aquel momento, un onmyōji sería el único capaz de hacer algo por el emperador. De todas formas, la muerte sería más rápida; el emperador moriría antes de que ningún onmyōji, por habilidoso que fuese, descubriera la causa de su enfermedad. No tenía motivos para preocuparme a esas alturas.

Abe no Yasunari, el onmyōji que trataría a mi marido, llegó un par de horas más tarde. Yo estaba colocando un nuevo paño húmedo sobre la frente del emperador cuando la puerta se abrió y entró el hombre, vestido con su túnica de sacerdote y luciendo una expresión tan templada como el amanecer. Casi no me sorprendió reconocer en sus facciones al hombre con el que había hablado después del incidente en la sala pura y clara. “Nos volveremos a ver muy pronto”, me había dicho en aquel entonces.

Inclinó la cabeza en un respetuoso saludo a su gobernante y me dedicó una breve mirada cómplice que el emperador no notó.

―Mi señora ―me dijo―, lo siento, pero debo pediros que nos dejéis solos unos momentos, por favor.

―Por supuesto ―respondí con la voz cansada de quien no había podido descansar en días por culpa de la preocupación.

Cerré la puerta a mis espaldas y caminé por los lujosos pasillos sin un rumbo fijo hasta que mis pasos me condujeron a uno de los tantos salones del palacio, que estaba vacío en aquel momento. Me asomé al ventanal y contemplé el pueblo que gobernaría muy pronto, sus pobres casas desperdigadas a los pies de la montaña que coronaba la fortaleza del emperador. Con un gesto mecánico, me llevé la mano al cabello y rocé con la punta de los dedos el suave pelaje de mis orejas. En los últimos días, había repetido tantas veces ese movimiento que ya no era consciente de él cuando lo hacía.

No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que unos pasos a mi espalda llamaron mi atención. Me volví para recibir a Abi no Yasunari, que habló para responder a mi pregunta antes de que pudiese formularla.

―En efecto, hay algo oscuro consumiendo la vida del emperador, pero dudo que sea un espíritu; no he podido contactar con nada que haya podido introducirse en él.

―¿Entonces qué puede ser? ―Inquirí con falsa inocencia.

―Magia ―contestó, sin dudar ni un instante―. La magia oscura de un demonio, o la magia pura de un dios.

Recordé sus palabras de nuestro primer encuentro: “algo propio de un dios… o de un demonio”. Una bonita simetría, pensé, y casi sonreí.

―Imposible. La magia de luz de los dioses es incapaz de crear oscuridad, al igual que la magia oscura de los demonios no puede ser fuente de luz.

―Olvidáis una cosa, mi señora ―replicó el hechicero―: ni todos los demonios son malos ni todos los dioses son buenos.

―Por supuesto, pero creo que sois vos el que olvidáis un detalle: ambos, dioses y demonios, son seres superiores con un poder que los humanos no alcanzamos a comprender, y esos mismos seres se mueven entre luces y sombras, de forma que un dios malo se vuelve demonio, y un demonio bueno se convierte en dios. Así de cambiantes son los reyes de nuestro mundo, y así de precaria se vuelve su propia creación.

―¿Y de qué lado estáis vos, mi señora Tamamo no Mae? ¿Luz u oscuridad?

Esbocé una pequeña sonrisa, un gesto amable y que aparentemente carecía de importancia.

―Yo no soy una diosa, a pesar de lo que digan los rumores, ni tampoco soy un demonio. Ninguno de los dos seres perdería el tiempo en este mundo. Yo soy solo una humana con cierto don para la magia, como podéis serlo vos, aunque sin tanta experiencia.

―Una lástima. A estas alturas, creo que solo el poder de un… “ser superior”, como vos lo habéis llamado, podría curar a vuestro marido.

―Creedme, lo he intentado ―mentí, falsamente compungida―, pero todo ha sido en vano.

Bajé la vista al suelo en un gesto de profunda tristeza. El onmyōji se acercó a mí y colocó una mano sobre mi hombro. Creí que había ganado, que lo había engañado al fin y lo había llevado a mi terreno, pero algo en su cercanía me dio escalofríos y me aparté de él.

―Lo siento ―se excusó. Dio media vuelta y se alejó por donde había llegado―. Iré a encargarme de la salud del emperador.



 
Durante los días que siguieron, el palacio se llenó de monjes que, a petición de Abi no Yasunari, entonaron sutras y otras oraciones día y noche, con la intención de desterrar la oscuridad que se había instalado en el alma del emperador. No obstante, una parte de mí no dejaba de sospechar que aquellos oradores suponían también una forma de vigilancia.

No había vuelto a hablar con el onmyōji. Después de aquel encuentro, una extraña sensación de inseguridad se había apoderado de mí: era la primera vez que no conseguía discernir qué ocultaba una mente humana. Por eso, había estado evitándolo desde entonces.

La única buena noticia era que la salud del emperador seguía empeorando, aunque quizás a un ritmo más lento; no quería arriesgarme a que alguno de esos monjes tan molestos me descubriera realizando magia oscura sobre él. De todas formas, no tendría que aguardar mucho más, ya que unas horas más serían suficientes para que la muerte se lo llevase de una vez por todas.

Estaba atardeciendo en el exterior de aquellos muros. Me hallaba sola en mi habitación; hacía un par de horas que se habían llevado al emperador para realizar un último ritual, un gesto desesperado que no serviría de nada. A efectos prácticos, aquel hombre ya estaba muerto. Me vestí para la ocasión, con el mismo vestido rojo con el que me habían dado el nombre de diosa en la sala pura y clara. En aquella ocasión, el título que recibiría sería el de emperatriz, no como mujer del emperador, sino como verdadera reina de aquellas tierras.

Estaba acabando de peinarme cuando llamaron a la puerta. Me apresuré en ocultar mis rasgos de zorro y permití que Abi no Yasunari entrase en la sala.

―¿Le ha ocurrido algo al emperador? ―¿Habría llegado al fin el momento?

―Su salud sigue empeorando, pero todavía queda una última esperanza de salvarlo.

Quizás me había equivocado al juzgarlo y el onmyōji fuese tan ingenuo como cualquier otro ser humano. Decepcionante.

―¿Sabéis? ―Dijo, cambiando de tema―, desde el otro día, cuando hablamos, he estado pensando mucho sobre dioses y demonios. Teníais razón, por supuesto: se mueven entre la luz y la oscuridad, de uno a otro y no pueden usar una magia contraria a su propia existencia. Pero sí existen unos “seres superiores” capaces de usar ambos tipos de magia, seres nacidos de luces y sombras, con sangre de dios y alma de demonio.

Alcé una ceja.

―¿Y qué clase de seres son esos?

―Los yōkai, por supuesto: seres intermedios entre dioses y demonios que poseen forma animal, como los Kappa, los Tanuki o… ―me miró―, los Kitsune. Ya sabéis, aquellos zorros terroríficos que pueden llegar a tener hasta nueve colas.

Instintivamente, me llevé una mano al cabello para ocultar mejor mis orejas, pero me detuve a medio camino y dejé caer el brazo a mi costado, no queriendo centrar la atención del hechicero sobre ellas, aunque él no dejó de fijarse en ese medio movimiento. Solté un bufido despectivo.

―Los yōkai no son más que cuentos de miedo para niños asustadizos. Tales criaturas no existen; de hacerlo, los humanos los habrían visto hace tiempo.

―¿”Habrían”? ¿No querríais decir “habríamos”?

Me maldije en silencio por haberme descuidado.

―¿Por qué no lo decís abiertamente, hechicero? Creéis que yo soy uno de esos Kitsune, ¿verdad? ―Usé el mismo tono incrédulo que se usa ante las sandeces de los ignorantes, aunque Abi no Yasunari no pareció notarlo ni tampoco se molestó por ello.

―Hace algunas noches, antes de conocernos, tuve una visión: vi uno de esos zorros de nueve colas, no muy lejos de aquí y sí, creo que se refería a vos, a modo de advertencia.

―Creí que alguien como vos no sería tan ingenuo como para fiarse de un simple sueño.

―Todos los sueños tienen una base de realidad ―replicó―. Además, os interesará saber que he compartido mis sospechas sobre vos con el reino.

Se me heló la sangre. Toda la confianza que me había esmerado en ganarme por parte de mis súbditos se había echado a perder por culpa de aquel hombre. Un humano se había interpuesto en mis planes. Estaba claro que lo había subestimado; aquel no era como todos los demás, tenía la mente abierta y en sus ojos destellaba el brillo de la sabiduría capaz de desentrañar los secretos de las sombras. No tuve que haberme confiado jamás con gente como él.

―No os preocupéis ―continuó, antes de que pudiese decir nada―, todavía hay una forma de recuperar la confianza del pueblo: realizando el ritual de Taisan-fukun para salvar al emperador. Es un ritual que ningún yōkai podría realizar; hacedlo con vuestra magia, la que todos hemos visto aquel día, y demostrad que no sois un Kitsune. Es la única manera.

Miré al exterior a través de la ventana del cuarto. El sol ya se había ocultado tras las montañas y de él solo quedaba un leve resplandor rojizo en el horizonte. La vida del emperador llegaba a su fin. Si moría durante el ritual, no tendría motivo para continuarlo y habría demostrado mi disposición a realizarlo, con lo que el pueblo recuperaría parte de la confianza perdida (una muestra más de su simpleza de mente). Había una posibilidad de que aquello saliese bien, aunque solo fuese una.

―Está bien; acepto. Así demostraré que los sueños no son más que vanas fantasías ajenas a la realidad.

Él asintió y me condujo sin demora a un amplio salón. Habían retirado todos los muebles, salvo una pequeña cama improvisada para el emperador y unos acolchados cojines cerca de él donde reposaba un rollo antiguo. No estábamos solos: decenas de soldados del imperio vigilaban la escena con curiosidad pero también en tensión. Cuando me adelanté para sentarme sobre los cojines, el emperador me sonrió como siempre, sin creer las historias que Abi no Yasunari había contado sobre mí. Le devolví el gesto, cuidando que todos pudiesen verlo y esperando que sirviese como una muestra de inocencia.

Cogí el rollo entre mis manos y comencé a leer las palabras correspondientes al ritual que estaban escritas en él. Leía despacio, atenta al emperador y esperando su muerte, pero su pecho seguía subiendo y bajando en una danza interminable. Noté una opresión en la garganta que me impedía seguir leyendo; aquellas palabras se negaban a que alguien de mi condición las pronunciase. Había llegado al límite, pero el emperador seguía respirando. No quedaba más remedio que actuar más rápido que los demás de la habitación, así que me concentré en el bosque, los árboles, la brisa, y en un parpadeo mi entorno había cambiado.

Seguía en los alrededores del reino, demasiado cerca como para volver a descuidarme pero lo suficientemente lejos como para tener margen de huida. No aguardé más y recuperé mi verdadera forma. El vestido de seda se rasgó y, en lugar de dejar a la vista la suave y pálida piel de una emperatriz, descubrió el pelaje dorado y blanco del que siempre me había enorgullecido. La luz de la luna que se colaba entre las ramas de los árboles me dio la bienvenida después de tantos años, y yo le devolví el saludo con un fiero rugido de libertad que no pude contener. Al fin era libre, al fin podía deshacerme de esa prisión con forma de mujer en la que me había metido y agitar mis nueve colas sobre la oscuridad de la noche…



 
Me perseguían, era consciente de ello. Corría ágil entre las sombras de los árboles, pero podía escuchar claramente los cascos de los caballos siguiendo mi rastro. Yo era más veloz, pero ellos conocían el terreno como la palma de sus manos y eso me ponía en desventaja.

La noche había caído y supuse que los guardias habrían montado sus campamentos dispersos por el bosque y que seguían alerta, montando guardias por turnos para poder dormir al menos un par de horas. Yo no dudé en aprovechar la oportunidad y continué mi huida silenciosa hasta que la sombra de un hombre se cruzó en mi camino y me cortó el paso. Reconocí de inmediato a Abi no Yasunari y me detuve.

―Así que esta es vuestra verdadera forma ―dijo, asombrado―; es igual que en mi visión.

“¿Habéis venido para capturarme? Vos sois el único que podría conseguirlo en todo el reino”, contesté con una voz que solo él, por su condición de onmyōji, pudo entender.

―¿Capturaros? No, he venido a liberaros ―me tendió una mano―. Venid conmigo y nunca tendréis que esconderos de nuevo.

Lo miré con curiosidad, sin saber adónde quería llegar. “¿Y qué pasa con los guardias?”, pregunté de todos modos.

―Algo me dice que ya sabéis qué hacer con ellos ―sonrió.




Nadie me vio cuando entré en la tienda donde dormía uno de los guardias, un famoso cazador llamado Yoshiaki, a quien había escogido para que me matase. Me acerqué a él, de nuevo con mi forma de mujer y le susurré al oído.

―En el día de hoy yo moriré en tus manos. Sálvame, por favor…

Él me escuchó y me vio morir en sus sueños. Al día siguiente, sus sueños se harían realidad. Sonreí.

La luz del alba inundó el bosque y los guardias se pusieron en marcha para cazarme. Corrí de nuevo durante horas, fingiendo que huía de ellos para dejarme atrapar finalmente por la patrulla de Yoshiaki, que me miró casi con lástima, recordando las palabras de socorro que le había dedicado en sueños, pero no vaciló y acabó con mi vida con una certera flecha de su arco. Mi cuerpo inerte desapareció, fundiéndose con la brisa, la luz del sol y la sombra del bosque…

… y aparecí de nuevo más allá del fin de los árboles. En aquella ocasión, el mismo truco que había usado para huir del ritual había dado buenos resultados.

Había alguien más en aquel lugar, así que no aguardé más y me transformé de nuevo en humana, con un rostro distinto al de Tamamo no Mae, de la que ya solo quedaría el recuerdo y la leyenda. Con mi transformación, la flecha que había tenido clavada se desprendió de mi carne y cayó al suelo, sin dejar ninguna marca en mi piel. Al fin y al cabo, ningún arma humana podría herirme jamás.

―¿Ha acabado? ―Preguntó Abi no Yasunari.

―Ha acabado ―confirmé―. Es cierto que los sueños tienen una base de realidad, pero no por ello dejan de ser meras fantasías.

Sonrió y me tendió una mano.

―¿Estás lista?

―Siempre.

Cogí su mano y, juntos, nos alejamos del reino para siempre. De nosotros quedarían las historias, y nuestro hijo, Abe no Seimei, se convertiría en leyenda al igual que sus padres.

Imagen sacada de geekyapar.com


Para más información, puedes visitar estas páginas:
  • kitsunemonogatari.blogspot.com. Esta ha sido de la que más me he fiado para escribir ambas partes.
  • wikia.com . La historia de Tamamo no Mae y de las otras mujeres en las que se encarnó el zorro antes que ella.
  • ounomachi.wordpress.com. Contiene información sobre los Kitsune y sus poderes.
  •  www.wikiwand.com. La historia de Tamamo no Mae contada muy brevemente y el impacto del zorro de nueve colas en la pintura y el anime (o en Teen Wolf, que no es anime pero también aparece jeje).
  • www.tokyomag.net. Con información sobre los onmyōji como Abi no Yasunari (que en otras páginas lo llaman con otro nombre, por cierto...).
  • wikipedia.org. Sí, la Wikipedia. Normalmente, busco más información en otras páginas, pero me bastaba con saber información básica sobre los yōkai. Además, me pareció que estaba bastante bien (no como la leyenda de Tamamo no Mae, que la cuenta de una forma que deja mucho que desear).


¡Y esto es todo por hoy! Como siempre, os dejo también los enlaces a otras entradas que quizás os interesen:
❧  Caballero de la Noche
A sombra de Compostela
Nacido de la oscuridad


Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

Comentarios

  1. ¡Hola! Tengo la impresión de que esto podría haber acabado mal de mil formas distintas jajaja, me alegro de que hayas escogido esta versión (me gustan demasiado los finales felices). Y... seguro que ahora que sabes que el zorro de nueve colas aparece en Teen Wolf te animarás a verla ;).

    Un besito envuelto de leyendas, querida Rush.
    Que la fantasía forme siempre parte de nuestras vidas ^^.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡¡Hola!!
      Los finales felices son lo mejor jeje. Aunque, en realidad, leí que el hechicero había tenido el hijo con un zorro de nueve colas, pero no decía que ese zorro fuese el mismo que había tomado la forma de Tamamo no Mae. Lo dicho, de todas las leyendas que he reescrito, esta es la que más he modificado :).
      Y ¡claro! Veré Teen Wolf. No sé cuándo, pero lo haré.

      Besos de Sol y abrazos de Fuego!!

      Eliminar

Publicar un comentario

¿Te ha gustado? ¡Pues esperamos tus comentarios!

Entradas populares de este blog

La Serpiente Emplumada: el Dios traidor

XIII Premio Jordi Sierra i Fabra

Jak and Daxter