El zorro de nueve colas

Aquella noche tuve una visión. Me hallaba en la llanura de Nasuno, no muy lejos del reino, cuando lo vi. Era un zorro, un gran zorro de pelaje blanco y dorado y unos ojos mucho más sabios que los míos. Rugió, y la luna llena bañó con su pura luz de plata su piel, haciendo resplandecer con estremecedora claridad las nueve colas del animal, que agitaba con fiereza sobre la oscuridad de la noche…

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Me miré al espejo y sonreí. Aquellos ropajes eran mucho más dignos de mí que el atuendo de sirvienta que había llevado hasta ahora. Aunque todavía no significaban nada. El verdadero cambio estaba a punto de llegar, y solo tenía que dejar entrever una mínima parte de mi inteligencia y mi belleza para ganarme al emperador. Suspiré. Los humanos no dejaban de sorprenderme con su estupidez; en mis más de mil años siempre había sido igual. Y, sin embargo, tampoco dejaban de fascinarme. ¿Acaso no era ese el motivo por el que estaba entre ellos en aquel momento?

Salí de la pequeña habitación dedicada al servicio y recorrí los pasillos del palacio, esbozando mi esmerada expresión de inocencia que tanto parecía agradar a los demás (humanos…). Incluso me permití darle a mi gesto un punto de nerviosismo para hacerlo más real. Al fin y al cabo, iba a tener una audiencia con el mismísimo emperador; otra sirvienta estaría temblando de encontrarse en mi lugar. Aunque, claro, ninguna otra podría ni soñar con hallarse en mi situación, porque yo no soy ni una sirvienta corriente ni una persona corriente. Con mi apariencia de mujer de apenas veinte años, nadie podría llegar a sospechar la verdadera esencia que guardo dentro de mí, mi verdadero ser.

Los dos guardias que custodiaban los aposentos del emperador me permitieron llamar a la puerta sin necesidad de identificarme, y una voz desde el interior me invitó a entrar. Una vez dentro, la audiencia comenzó. Me senté frente al emperador, no sin antes hacer la más respetuosa de las reverencias, y él, por su parte, me hizo todas las preguntas que creyó conveniente. En un principio, apenas me prestó atención: estaba claro que no había creído los rumores que circulaban sobre mi sabiduría, o que los había considerado meras exageraciones. Por supuesto, a medida que iba respondiendo a todas y cada una de sus preguntas con total exactitud, su opinión sobre mí cambió, así como su interés, que creció hasta convertirse en verdadera admiración o, quizás, en algo más…

―Mikuzume ―me dijo al terminar, pronunciando aquel nombre que se me había otorgado y que no era mío― ¿aceptarías ser mi emperatriz?

Fingí sorpresa y acepté. No era la primera vez que hacía algo así, ganarme la confianza de un gran gobernante con tan poco esfuerzo, pero había pasado tanto tiempo… Casi lo había echado de menos. Si me concentraba, podía ver que los efectos de mis engaños seguían teniendo efecto todavía en aquellas regiones lejanas por las que había viajado.

No obstante, aquella vez era distinto. El haber convivido con las clases bajas durante casi veinte años me había dado un objetivo más aparte de la búsqueda de poder. Lo que el pueblo necesitaba era alguien que gobernase sabiamente, no aquel viejo emperador ingenuo, tanto que se había enamorado de una “sirvienta” sin ser capaz de ver tras su engaño.

Los días pasaron. Era sorprendente lo deprisa que me había aceptado el pueblo entero como emperatriz. Los humanos podían llegar a ser tan simples como las piedras. Aunque tal vez se debiera a que no tenían el mejor ejemplo. Quizás, durante mi futuro mandato, aprenderían de su líder; quizás dejarían de ser unos seres tan estúpidamente inferiores. Al menos, eso era lo que yo esperaba.

Me volví sobre la cama y me estiré, disfrutando de los rayos de sol naciente que entraban por la ventana. A mi lado, el emperador dormía plácidamente, sin saber que sus días en este mundo estaban contados. Sonreí. Su salud todavía no había comenzado a resentirse, pero era cuestión de tiempo que mi poder hiciese efecto sobre él. De todas formas, no me importaba esperar. Cuantos más días pasasen, más podría ganarme la confianza de mis futuros súbditos. Todo era cuestión de paciencia, y eso no suponía ningún problema para un ser inmortal como yo.

Me levanté y cogí mis mejores galas. Al fin y al cabo, aquella noche se celebraba una velada muy especial en mi honor en el Seiryo-Den, la “sala pura y clara”, a la que asistirían todos los ciudadanos, y debía estar radiante para fascinarlos a todos. Me probé el vestido de seda roja y me miré al espejo. La imagen que se reflejaba en su pulida superficie me devolvió la mirada y me sobresalté. De mi cabello oscuro sobresalían un par de orejas de zorro, con el pelaje tan dorado como la última vez que las había lucido, veinte años atrás. No podía dejar que nadie más las viese, así que, tras comprobar que el emperador seguía profundamente dormido, me recogí el pelo en un elaborado moño, usando tantas pinzas y agujas como me fue posible, para conseguir que mis orejas quedasen prácticamente ocultas, y que la única parte visible pareciese un adorno más de mi peinado. Pasé una mano por mi cabello con preocupación. Era la primera vez que me ocurría algo así. Nunca antes había pasado tanto tiempo sin recuperar mi verdadera forma, y ahora era ella la que salía a la luz sin que pudiese detenerla.

A través del espejo, vi como el emperador se movía entre las sábanas y me miraba, todavía con el fantasma del sueño visible en sus ojos.

―Estás preciosa ―me dijo con voz ronca.

―Gracias ―le respondí vagamente y me coloqué todavía mejor el pelo sobre las orejas, con nerviosismo.

Él se dio cuenta y se levantó para acercarse a mí. Rodeó mi cintura con sus brazos en un gesto que pretendía ser tierno y al que no presté la más mínima atención.

―¿Qué ocurre? ―Inquirió.

―Nada, supongo que estoy nerviosa por lo de esta noche ―mentí y esbocé una sonrisa falsa que, por supuesto, él creyó.

―No te preocupes; te divertirás ―susurró y me dio un beso suave con la intención de calmarme.

Aquella noche no llegó tan rápido como me habría gustado. Durante las horas que separaban el amanecer del atardecer no dejé de mirarme en un espejo cada vez que se presentaba la oportunidad. Al parecer, mi transformación en zorro se había detenido por ahora, pero era imposible saber cuándo continuaría.

Esos pensamientos todavía rondaban mi cabeza en aquel momento, en mi asiento al lado del emperador, detrás de la cortina de bambú que nos separaba de nuestros súbditos. La velada estaba siendo agradable, con música, poesía y buena conversación. Sin embargo, no duró demasiado. El viento frío de la noche se alzó de pronto y barrió el fuego de las velas. La sala pura y clara se envolvió en la oscuridad y el silencio, pronto roto por los murmullos de los presentes.

La oscuridad tampoco duró. Noté como la piel me comenzaba a arder y a iluminarse. Con un sobresalto, intenté que volviese a la normalidad, pero la luz que emanaba de mí se hizo más y más fuerte, lo suficiente como para que el día regresase a la habitación en sombras y todos pudiesen ver mi magia fluyendo a través de mí en forma de rayos de luz dorada. Apreté los dientes, sabiendo que no podría seguir fingiendo por mucho más tiempo que era una humana como cualquier otra.

A mi lado, el emperador cogió aire. Casi había olvidado su presencia, ni me había importado lo más mínimo, pero aquel suspiro consiguió llamar mi atención y me volví hacia él. La expresión de su rostro me sorprendió realmente por primera vez desde que lo había conocido. No era terror ni horror lo que veía en sus ojos, como me había imaginado, sino verdadera admiración. Todavía boquiabierto, se dejó caer de rodillas ante mí y bajó la cabeza con veneración.

―Sois... ―murmuró― sois una diosa. Por favor, perdonadme si alguna vez os he ofendido y tomadme como vuestro siervo.

Sin poder creer lo que estaba ocurriendo, me levanté, corrí la cortina de bambú y crucé la sala para salir de allí, no sin antes fijarme en que los semblantes de los demás presentes mostraban la misma admiración que el del emperador. Una vez en el pasillo, cuando creí estar lo bastante lejos de la sala, apoyé la espalda contra la pared y respiré tranquilamente, concentrándome en la luz de la luna que entraba por la ventana abierta frente a mí, hasta que mi piel recuperó su estado habitual.

Al menos, me dije, la estupidez de la mente humana me había servido para poder acercarme más a ellos en lugar de alejarme. El problema ahora era el tiempo. No bastaba solo con tener paciencia, al fin y al cabo no sabía qué más podría pasarme, y tampoco si podría controlarlo.

―Con su permiso, mi señora ―interrumpió mis pensamientos una voz desconocida a unos pasos de mí.

Alcé la vista para encontrarme con los ojos suspicaces de un hombre. No mostraban devoción, sino más bien curiosidad.

―Eso que ha hecho antes ha sido impresionante, algo propio de un dios… o de un demonio ―añadió antes de que pudiese darle las gracias por su aparente cumplido.

―¿De un demonio? ―Inquirí, adoptando una expresión de extrañeza y preguntándome qué sabría aquel hombre de mi verdadera naturaleza.

Él soltó una risa amable, quitándole importancia a su comentario.

―No tiene por qué ser bueno todo lo que reluce, ¿no creéis? De todas formas, no hagáis caso de lo que digo; no tiene nada que ver con vos, por supuesto.

Seguía sonriéndome, con una expresión que ocultaba más de lo que decían sus palabras. Sin embargo, le devolví la sonrisa. Era la primera vez que un humano en particular me fascinaba tanto por su inteligencia o su aire enigmático, y quería saber adónde llevaba esta conversación, pero, sobre todo, quería descubrir más sobre mi misterioso interlocutor.

―¿Puedo saber vuestro nombre? ―Pregunté, con curiosidad.

―No será necesario; nos volveremos a ver muy pronto.

Hizo una profunda reverencia y se alejó por el pasillo.

Solo aparté de mi mente los recuerdos de aquella conversación horas después, aquella misma noche. La oscuridad entraba por la ventana, contaminada con la luz de la luna, y bañaba los aposentos del emperador, que dormía plácidamente a mi lado. Yo lo observaba en calma, concentrándome en su respiración. Suspiré y dejé que mi magia fluyera. No era luminosa, como lo había sido durante la velada, sino más oscura que la propia noche, sin luz que pudiese alterarla. Y esa misma magia negra se instaló en lo más profundo del ser del hombre que descansaba, ignorante de todo aquello, al lado de la criatura que planeaba destruirlo.
 
Continuará...

Imagen sacada de 78.media.tumblr.com


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Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

Comentarios

  1. ¡Hola! Por ahora me está pareciendo una leyenda fascinante que no habría sido lo mismo sin la narración de la protagonista, que te ha quedado espléndida con ese tono de superioridad y seguridad ^^.

    Un saludo!!

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    1. ¡Hola!
      Gracias ;). He tardado bastante en decidirme desde qué punto de vista lo iba a escribir jajaja, y por eso me alegro tanto de que te haya gustado.

      Besos!!

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  2. Hola!! Una leyenda preciosa, deseando leer la continuación!! Besos!!

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    Respuestas
    1. ¡¡Hola y gracias por comentar!!
      Me alegro mucho de que te haya gustado (llevaba demasiado tiempo con ganas de escribirla) :D. Espero que disfrutes de la segunda parte <3.

      Besazos!!

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