28 de enero de 2017

La Aurora de los lobos - Capítulo 2 (parte 3/3)


La persona continuó vagando por el palacio, con el paso raudo y discreto propios de una loba. Los pasillos, de paredes y techos tapizados, estaban tal y como Aurora los recordaba. Ostentosas lámparas de cristal colgaban en el centro de cada sala, y los suelos eran de madera, cubiertos de coloridas alfombras. Algunas habitaciones estaban decoradas con retratos familiares y otros cuadros, como paisajes propios del reino. Todo en aquel lugar hacía que la princesa lo añorase más que nunca.

Al cruzar uno de los pasillos más amplios, una puerta se abrió de par en par y casi golpeó a la persona. Narmín, una de las amigas de Aurora, salió apresuradamente de la sala y la miró con desdén. Aunque la princesa sabía que ese gesto no iba dirigido a ella, era la primera vez que lo veía en primera persona.

»Ten más cuidado ―dijo Narmín con tono amenazador y expresión de superioridad.

Acto seguido, se volvió grácilmente y se alejó con paso seguro por el pasillo. La mente de la persona se volvió más fría y oscura, y se llenó de sentimientos de odio y desprecio. Sus pensamientos amargos resonaron en todo el lugar.

»Y tú… que me miras como si fuera un insecto… Tú eres el verdadero insecto; algún día te lo haré ver, te aplastaré…

Aurora se estremeció. Aquella voz, que alguna vez había sonado suave y melodiosa, era áspera y ruda, y albergaba odio y resentimiento. Los pensamientos negativos aumentaron, y el suelo comenzó a temblar violentamente. Las grietas se agrandaron; algunos picos se quebraron y otros surgieron del suelo repentinamente. La joven quiso correr, pero perdía el equilibrio cada vez que intentaba levantarse. Asustada, cerró los ojos con fuerza, se cubrió el rostro con ambas manos y rezó a la diosa para que la calma volviese.

Sus plegarias fueron escuchadas. De pronto, todo cesó. La tierra dejó de temblar y los pensamientos dejaron de sonar; solo había silencio y quietud. Aurora abrió lentamente los ojos, sin saber qué esperar. El cielo, de un rojo tan intenso como antes, parecía que se había aclarado, y el ambiente no estaba tan cargado. La princesa se inclinó sobre una de las superficies transparentes, y entonces lo vio; era él.

Mathius se aproximó con paso garboso. Era un lobo de pelaje sedoso y de un gris que resaltaba sus bonitos ojos azules. Lucía una expresión serena en el rostro, tan arrebatador como de costumbre. Aurora sonrió al verlo, mientras su corazón se aceleraba; todo en él era perfecto.

»Mathius… —susurraron Narmín, la persona y Aurora a la vez.

La princesa observó a su amiga sonreír al lobo y a Mathius devolviéndole el gesto.

»¿Por qué a ella y no a mí? —dijo la voz.

Aurora no estaba segura de si habían sido palabras o simples pensamientos, pero, de algún modo, comprendía los sentimientos de la persona.

—También yo lo pienso —admitió, sin esperar respuesta.

Mathius y Aurora se conocían desde niños y siempre habían sido grandes amigos. La joven no podría precisar si su afecto hacia él se había convertido en algo más que amistad en todos esos años. Y mucho menos si él sentía hacia ella algo distinto al respeto y al cariño. Lo que sí sabía era lo duro que era verlo tan cerca y no poder hablarle. No sentía tanta ansiedad como al ver a su hermano, pero sí tenía una sensación novedosa que no acababa de gustarle. No entendía el motivo, pero ver a Mathius y a Narmín así de juntos y felices la entristecía y la molestaba. Quizás porque si cualquiera de sus amigas estuviese entre la vida y la muerte, Aurora sería incapaz de sonreír; esa era su naturaleza. O quizás porque por primera vez ese sentimiento que siempre había intentado ignorar, quería hacerse notar.

»¿Qué es el amor? —preguntó la voz, en forma de pensamiento.

Aurora se sorprendió por la cuestión, aunque lo que más la azoró fue comprender que de algún modo, ella estaba meditando sobre lo mismo.

La princesa dejó de prestarle atención a la lámina de cristal y contempló, de pronto sobrecogida, el inmenso firmamento rojizo y el páramo abrupto en el que se encontraba. Después se miró a sí misma, atrapada allí y sin posibilidad de comunicarse con su mundo y las personas a las que amaba. La palabra amor resonó en su mente y contestó:

—El amor es ese sentimiento reservado para los vivos, no para los… medio vivos —observó de nuevo la imagen de sus dos amigos, y prosiguió—. El amor es aquello que a veces podríamos sentir, pero no lo hacemos a tiempo… 

»¡Basta! —exclamó la voz—. ¡No quiero oír más la palabra amor! ¡No más, es suficiente!

Aurora dudó ante la posibilidad de que la persona la hubiese oído, o que hubiese oído aquello que precisamente decía no querer escuchar: amor. Sin embargo, su atención se centró en la superficie de cristal, que comenzó a temblar.

»¡No más, no más, no más…! —continuó suplicando la voz.

Y una delgada grieta recorrió la lámina, que por un momento se oscureció. Aurora se inclinó, para tratar de ver mejor la escena. La imagen se iluminó otra vez, presentando una habitación diferente con los mismos personajes. La persona parecía ocupada con tareas propias de los sirvientes, lo que apoyaba la teoría de su presencia en el castillo como servidora. A pesar de ello, no apartaba la vista de la pareja.

»¡No más, no más, no más! —repitió con urgencia.

La escena se volvió a oscurecer y a surgir varias veces, desde diferentes perspectivas pero con algo en común; la cercanía del lobo y la joven. La lámina de cristal se agrietaba más, poco a poco.

»¡¡Basta!! —exclamó entonces la voz.

La imagen cambió una última vez y Aurora vio a Mathius mover los labios y a Narmín sorprenderse ante sus palabras. Estaban junto a uno de los muchos ventanales de los muchos pasillos del castillo, en el lado oeste, donde la luz del atardecer penetraba en el edificio y los iluminaba a ambos con calidez. Narmín empezó a respirar con rapidez y miraba al lobo dubitativa. Pero en su cabeza tomó alguna clase de decisión que transformó su nerviosismo en determinación. Aurora leyó en sus labios el nombre del joven, y Mathius se giró hacia Narmín. Ella balbuceó palabras que la princesa no pudo entender y el lobo se acercó a la muchacha, con toda su elegancia y perfección. Aurora dejó de respirar al mismo tiempo que Narmín, aunque su amiga se recompuso lo suficiente como para hacer algo que se escapaba a las posibilidades de la princesa.

Posó sus labios sobre los de Mathius.

Lo besó.

Y él la besó a ella.

Aurora contempló la imagen sin poder reaccionar, hasta que un grito agudo e insoportable cruzó el yermo paraje y la superficie de cristal se rompió en mil pedazos. En su lugar empezó a abrirse una grieta oscura, más tenebrosa y profunda que las demás. Una grieta aterradora cuyo final era posiblemente peor que el lugar en el que se hallaba.

La princesa echó a correr.


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21 de enero de 2017

La Aurora de los lobos - Capítulo 2 (parte 2 de 3)

Capítulo 2 - Parte 1 de 3 💗

Las cocinas no eran el destino de la persona, que salió a uno de los pasillos principales y anduvo por él como si de su casa se tratase. Aurora la había tomado por una sirvienta, pero ya dudaba de si sería cualquiera de sus amigas intentando pasar desapercibida. Entonces, el cristal se oscureció y la princesa dejó de ver la vida en su añorado castillo.

—No… —susurró.

Y Aurora, dejando de lado su alta posición social y todos sus modales, bufó y se cruzó de brazos.

—No es justo —se quejó—, ya que estoy encerrada dentro de ti, ¿no podrías dejarme ver mi casa?

La persona no respondió, y el enfado de la joven tampoco disminuyó.

—Haz lo que te plazca —decidió—, encontraré mis propios medios para salir de aquí.

Entonces recordó que no estaba allí de paseo, que supuestamente debía encontrar “su cuerpo”. Y empezó a sospechar que el ser tenía razón, porque, a fin de cuentas, Aurora estaba dentro de la mente de alguien y no en la suya.

La princesa caminó sobre la superficie opaca hasta que volvió a encontrar un hueco transparente. Se asomó a él y de nuevo vio una zona del castillo, uno de los veinte patios interiores, y sentado en un banco había un joven…

—Okami… —susurró, con los ojos muy abiertos.

La persona permaneció quieta, oculta tras una columna.

—Acércate a él —le rogó Aurora, sin obtener respuesta ni resultados.

La princesa posó sus manos sobre la capa de cristal que le impedía alcanzar al joven y empezó a golpearla.

—¡Okami! —gritó esta vez.

Al cabo de unos segundos, Aurora desistió de atravesar la lámina y la contempló con ansiedad; lo tenía tan cerca y no podía tocarlo… Okami parecía igual que la última vez que la princesa lo había visto. A sus quince años, tenía los mismos ojos castaños que ella, su mismo tono anaranjado de pelo… para Aurora, su hermano pequeño era lo más querido en el mundo y aunque solo se llevasen un año, en momentos como aquel sentía que debía protegerlo y no podía hacerlo.

El cambio más notable era su expresión seria, como si algo lo hubiese hecho madurar. Aurora casi se rio al entender que quizás la “muerte” de su hermana mayor lo había afectado bastante. Pero seguía tan apuesto como siempre, con sus hermosas orejas lobunas y su expresión amable, aunque dura, en el rostro. Aquel día vestía un atuendo rojo pálido, poco llamativo, y su espada, otorgada por el mismísimo rey, colgaba de un cinturón pardo.

Un hombre se acercó a él y la persona se ocultó todavía más. Él movía los labios, pero Aurora no escuchaba nada. Por su ropa y su apariencia, la princesa supuso que sería Wirren, el mentor de Okami, pero la reacción de su hermano parecía demasiado nerviosa como para tratarse de él. Esquivaba las miradas y respondía con palabras muy cortas. El posible mentor continuó con su charla aunque a Aurora le pareció que su hermano no estaba muy cómodo. Sin embargo, la princesa tuvo la sensación de que la incomodidad de Okami no se debía solo a la presencia del hombre.

La superficie que le dejaba ver su castillo se volvió opaca, como la anterior, y Aurora se volvió a cruzar de brazos. Esta vez reprimió el bufido; ver a su hermano le había recordado su aprendizaje en el castillo. Deseosa de volver a ver a Okami, emprendió una nueva búsqueda de superficies transparentes. Dio un par de pasos en la oscuridad cuando oyó la voz de antes, melodiosa y terrorífica.

»¡Ahí viene!

Aurora dio un respingo y miró a todos lados, en guardia ante la posible aparición de alguien. Pero no vio a nadie.

—La próxima vez… ¿te importaría advertirme de algo real? —comentó Aurora, intentando tomarse la situación con humor.

»¡Joven príncipe! —exclamó una voz masculina y conocida.

Aurora examinó el extraño lugar en el que se hallaba, pero tampoco en esta ocasión vio a nadie.

»Joven príncipe, sé que no debería molestarlo, pero estos días lo he notado bastante ausente…

»¿Por qué tanta amabilidad? —lo interrumpió la voz femenina de antes.

»Joven príncipe… —continuó el hombre.

»Lo siento, Wirren, no… no era mi intención molestarte con mis tonterías…

Aurora buscó con ansiedad cualquier zona transparente en el suelo al oír la voz de su hermano.

»No, he de disculparme yo, Majestad —dijo Wirren, el mentor de Okami.

»¿Cómo que te tienes que disculpar? —interrumpió otra vez la melodiosa voz femenina, la única a la que Aurora no podía poner nombre.

»Ha sido un gran golpe para todos, en especial para usted, mi joven señor —continuó Wirren, sin darle importancia a las palabras de la mujer—. Por eso me disculpo, pero tengo la impresión de que no es solo por ella por quien está así, ¿me equivoco?

»Tal vez no… —admitió Okami.

»¡Claro que no! —se sobresaltó la mujer.

»Bien… —habló Wirren.

»¡De bien nada! —exclamó la mujer, aunque sus palabras parecían no afectar a los otros interlocutores.

Aurora estaba muy metida en la extraña conversación que oía sin ver, pero fue consciente de que el cielo enrojecía con cada nueva intervención de la mujer.

»Sus asuntos son sus asuntos —prosiguió Wirren—, pero como su mentor le aconsejo que en vez de agobiarse con ellos, trate de solucionarlos.

La princesa oyó la risa nerviosa de su hermano y reprimió una pequeña lágrima de emoción.

»Lo… intentaré —respondió Okami.

»Oh, no lo intentarás —habló la mujer—, no tienes derecho a hacerlo, ni tú ni nadie.

El cielo se volvió de un rojo sangre y el suelo empezó a temblar.

»¿Acaso te crees mejor que los demás? —preguntó la mujer—. Necesitas ver que lo que buscas no lleva a ninguna parte, que siempre se termina. Debería mostrártelo…

De la superficie opaca empezaron a elevarse finos pinchos, como los que había dejado atrás.

»¿Pero quién soy yo para mostrártelo? No me harías caso, me apartarían de ti, porque ellos tampoco lo entienden… 

La voz de la mujer se perdió en la distancia y una grieta se abrió bajo los pies de Aurora, obligándola a salir de allí. Esquivó unos cuantos pinchos y recordó lo que acababa de oír. Una conversación entre Wirren, Okami y una mujer que no conocía, aunque las palabras de la mujer no parecían influir en el desarrollo del diálogo. La princesa no tardó en relacionar las palabras con la escena que había presenciado momentos antes.

Había oído a una mujer, a Wirren y a Okami y los había visto a ellos dos, pero en la escena también había alguien más; la persona. Una persona oculta tras una columna que había espiado al príncipe y a su mentor, que no había intervenido verbalmente, pero sí tendría su propia opinión al respecto.

Aurora se detuvo y miró el lugar en el que estaba; un extraño desierto de piedra y grietas, coronado por un cielo rojizo. El infierno, según el ser, pero según Aurora, no cualquier infierno. Desde que estaba allí había escuchado a una mujer, joven o mayor, y había visto a la persona moviéndose por el castillo y presenciando una conversación del príncipe. No era descabellado relacionar a la voz con la persona, de hecho, sería bastante lógico deducir que la voz era una voz interior, pensamientos. Y si Aurora estaba dentro de una persona, de la persona, también podría escuchar su voz interior, la voz.

Sin embargo, la princesa sabía que aquel lugar no podía ser simplemente su mente, porque una mente no debería ser tan afilada y agrietada. Aquel lugar, como había dicho el ser, era el infierno, el infierno de la persona; y Aurora estaba allí atrapada. En la búsqueda de su cuerpo, había terminado en otra mente, y no una demasiado bonita.





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14 de enero de 2017

La Aurora de los lobos - Capítulo 2 (parte 1/3)


2 - La persona

Si existía un lugar llamado infierno, Aurora estaba en él. Al menos eso le había dicho el ser. Era el infierno de los vivos, aquel rincón de la mente que las personas evitaban a toda costa. Pero además era el territorio de aquella criatura con apariencia humana que había dejado muy claro cómo salir de allí: regresando al mundo de los vivos o acabando en un lugar perdido donde las almas vagaban por toda la eternidad.

Aunque Aurora no confiaba en las palabras del ser, sí sentía que su tiempo se agotaba. Tras el pacto, el ser desapareció y la princesa empezó a apreciar cambios en el entorno, como si algo hubiese permitido que la oscuridad se desvaneciese poco a poco. Un motivo más para desconfiar del ser. Continuó su trayecto en línea recta hasta que un líquido rojizo en el suelo la detuvo. Aurora se agachó para contemplarlo.

—¡Sangre! —gritó.

Deseaba encontrar algo distinto a aquella oscuridad, pero no sangre… Se levantó, se calmó y miró al frente, en busca del origen de la substancia. El suelo empezó a temblar y la princesa trató de mantener el equilibrio; mancharse de sangre en un mundo hostil no era lo que más le apetecía en ese momento. El temblor aumentó y el suelo se agrietó. Aurora corrió sobre la sangre, sin conseguir dejar atrás aquella pesadilla. Resbaló y, antes de caer, el suelo se inclinó y la joven se deslizó sobre él como si se tratase de un tobogán.

Durante unos instantes solo vio sangre a su alrededor, mientras caía sin remedio. Sentía una fuerte opresión en el pecho, como si se estuviese ahogando, aunque podía respirar con normalidad. Un viento fuerte hacía que la sangre se agitase en violentas cascadas. De pronto, todo cesó.

Aurora cayó sobre una superficie extremadamente rígida, más que la roca, si aquello era posible. La princesa se miró a sí misma y se sorprendió al comprobar que no quedaba ni rastro de sangre. Entonces levantó la vista e inspeccionó el lugar en el que se hallaba. Ante ella se extendía un abrupto paraje rocoso. Afilados picos de piedra se alzaban hasta el cielo, de un brillante color escarlata, y profundos abismos se hundían en la tierra y parecían no tener fin.

La princesa se puso en pie, mareada; no sabía qué había pasado. Como allí sentada no lo descubriría, comenzó a deambular por aquel extraño e inhóspito lugar. Había grietas por todas partes, de cualquier tamaño y profundidad, y gigantescos pinchos finos y extremadamente afilados. Donde no había ni grietas ni pinchos, no había nada.

Aurora miraba a su alrededor, aterrada. Aquel desierto le ponía los pelos de punta y le provocaba escalofríos. Pasó al lado de uno de los elevados picos y alzó la mirada con cuiosidad, intentando ver la cima que se perdía en el cielo. Inmersa en lo que veía, no se percató de la grieta que había en el suelo y su pie quedó atrapado en ella. La joven se precipitó hacia delante, cayendo sobre la roca, y su vestido se rasgó a la altura de las rodillas. Aurora soltó un grito quedo; la piedra, rígida y afilada, se clavaba en su tobillo. Era extraño, porque a pesar del gran dolor que sentía, tan solo era una débil réplica del daño real. La princesa se movió despacio, cuidando no herirse todavía más. Con total delicadeza, sacó el pie de su precioso zapato, y así pudo sacarlo de la grieta con más facilidad. Aurora examinó su tobillo, marcado con finos cortes que emanaban sangre. Buscó con la mirada algo para usar a modo de venda, pero solo encontró roca. Con un suspiro, rompió la entretela del bajo del vestido, intentando que no se notara, y la ató alrededor de las heridas.

Satisfecha, se levantó y miró el resultado. Su zapato seguía atrapado en la grieta, así que se agachó para sacarlo, pero estaba tan encajado que parecía formar parte de la roca. Cogió aire y tiró con todas sus fuerzas. Esbozó una sonrisa cuando su hermoso zapato quedó libre, sin un solo rasguño. Sin embargo, esa expresión se le congeló en el rostro. Una fina grieta comenzó a formarse a partir de la otra, mucho más grande, y recorrió varios metros, acompañada por el temblor de la tierra, antes de detenerse.

―Ups ―susurró Aurora.

La princesa, sin saber qué hacer, se alejó lo más rápido que pudo de allí. A pesar de ser un material tan rígido, se había resquebrajado con demasiada facilidad, y Aurora solo podía pensar en huir de aquel lugar antes de que se viniera abajo.

»Despacio, despacio ―dijo entonces una voz dulce y melodiosa que sonó, sin embargo, tétrica y escalofriante.

El corazón de Aurora dio un vuelco, y la muchacha se detuvo en seco con un saltito asustado. Miró a su alrededor, esperando ver a alguien, pero el lugar estaba tan solitario como hacía un momento.

―De acuerdo… ―comenzó Aurora, con voz asustada―, iré más despacio entonces.

»¡NO! ―gritó la misma voz.

La princesa saltó aún más que antes y lanzó un grito muy agudo. Aquella voz parecía provenir de ninguna parte y de todas a la vez.

―Me estás volviendo loca ―fingió estar bromeando, pero su carcajada temblorosa delató el temor que realmente sentía.

Aunque la voz no dijo nada, el ambiente se volvió oscuro y angustioso. Aurora no habría sabido decir qué había cambiado, pero en cada bocanada de aire que respiraba podía captar los sentimientos más oscuros que había sentido jamás, y aquello la aterrorizó.

Pronto comenzó a respirar con dificultad; necesitaba salir de allí. Por eso corrió de nuevo, para escapar de aquella sensación que le oprimía el pecho. Corría torpemente, tropezando continuamente, pero siguió adelante como pudo. Sentía punzadas en el tobillo cada vez que apoyaba el pie; aunque le dolía más que antes, sabía que en circunstancias normales tal vez no podría caminar. Apretó los dientes, intentando aguantar, y cerró con fuerza los ojos. Y corrió y corrió… hasta que resbaló.

De pronto ya no había suelo bajo ella, y caía sin remedio al interior de una grieta de las más grandes que había visto, y, cómo no, también muy profunda. En el oscuro abismo que había al final de la grieta comenzó a surgir luz, y Aurora pudo ver una calle familiar en pleno mediodía. Parecía tan lejana y tan cercana a la vez…

Una gran caída la separaba del suelo y la princesa profirió el grito más alto que le permitieron sus pulmones. Sin embargo, su desesperación no duró mucho; había alcanzado el suelo antes de lo previsto. Cuando Aurora se recuperó del susto, descubrió que en realidad no había caído en la ciudad, sino que se encontraba sobre una superficie dura y transparente, observando a través de ella todo lo que sucedía en aquella calle. pero algo consiguió interrumpirlo. Había alcanzado el suelo antes de tiempo. Cuando Aurora se recuperó todo lo que pudo del susto, comprobó que no había llegado exactamente al suelo; estaba sobre una superficie dura y transparente, observando todo lo que sucedía en aquella calle.

Alzó la vista y un cielo rojo le devolvió la mirada; seguía en ese lugar que el ser llamaba infierno. Si miraba al exterior, veía aquel inhóspito mundo de grietas, y si miraba a través del material transparente, veía la calle de su reino, por la que tantas veces había deambulado. Era como ver su mundo a través de los ojos de otra persona. Entonces, esa persona comenzó a caminar y Aurora se mareó; creyó que perdería el equilibrio de un momento a otro. Sin embargo, el mundo en el que se encontraba permanecía estable, y la princesa también.

Todo estaba tal y como Aurora lo había dejado. Era un apacible día primaveral en un entorno perfecto. Los adoquines brillaban ligeramente a la luz del sol, y en los numerosos puestos que flanqueaban la calle lucían vistosas flores. Los niños jugaban y los pájaros cantaban; todo era pura armonía.

Delante de Aurora surgió una figura todavía más conocida que la calle; un majestuoso edificio se elevaba ante ella: su castillo, su hogar. Y el extraño cristal que le permitía ver su mundo se dirigió hacia él. Aurora tenía la sensación de estar instalada en el ojo de otra persona, o incluso en alguna parte de su cerebro. Veía sus manos al caminar y las intermitencias apenas perceptibles de la imagen podían deberse al parpadeo; pero no veía a la propia persona ni sabía si aquello era algo distinto a una curiosa visión.

La persona, probablemente una loba a juzgar por la forma de sus manos, entró en el castillo por una de las puertas de servicio. La princesa observaba la escena, atónita, sin entender la normalidad con la que la persona se movía por las cocinas. Si se trataba de una visión, era bastante fiel a la realidad; incluso estaban las deliciosas magdalenas que Aurora solía coger en secreto. Y si realmente estaba viendo a través de otra persona… la persona no debía de ser consciente de su huésped interior.


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7 de enero de 2017

La Aurora de los lobos - Capítulo 1 (parte 3/3)

 Cap. 1 - Parte 1 de 3
 Cap. 1 - Parte 2 de 3 

El ser asintió con lentitud. La joven se quedó sin fuerzas para replicar, o gritar o incluso desplomarse. Analizó sus manos frente a ella, más pálidas y delicadas de lo que deberían; se concentró en su cuerpo, ese que le pertenecía pero que tras la caída ya no parecía tan real. No sintió ganas de llorar, no sintió ganas de… nada.

Aurora observó al extraño joven, convencida de que él sabía lo que estaba sucediendo realmente.

—¿Estoy muerta? —dudó esta vez.

El ser, frente a su repentina vacilación, le respondió con un malicioso encogimiento de hombros. Aurora respiró hondo y mantuvo la calma.

—Entonces —dijo con sosiego—, ¿no lo estoy?

Pero el ser permaneció callado y la princesa, exasperada, se plantó ante él con dos pasos fuertes.

—¡¿Te importaría responderme, por favor?! Esto no es fácil para mí —intentó justificar su repentina brusquedad—, por eso, si al menos pudieses aclararme un poco las ideas, te lo agradecería.

El joven compuso una mueca burlona.

—¿Y de qué me serviría tu gratitud? —negó con la cabeza, disgustado—. Yo no soy nadie para manipular tus ideas, preciosa, pero sí puedo guiarte para que tú misma lo hagas.

Aurora se dispuso a responder, pero el joven se adelantó:

—¿Qué te ha hecho pensar que quizás ya no estés viva?

La princesa revivió los últimos segundos que recordaba antes de llegar a ese extraño lugar; el momento de la caída y el inevitable golpe.

—La gente no suele sobrevivir a ciertos accidentes… —confesó con pesar.

—Entonces eres inteligente —la elogió él—, porque este no es un mundo al que los vivos puedan acceder. Pero… —añadió—, los muertos tampoco suelen detenerse por aquí.

—¿Eso qué quiere decir?

La mirada del ser se iluminó de forma alarmante y alzó una mano, después la bajó con suavidad, haciendo florituras en el aire. En el poco espacio que los separaba empezaron a arremolinarse luces y destellos, que fueron conformando una imagen. Aurora dio un paso atrás al reconocer a la fantasmal joven que yacía sobre una cama. Las figuras de varias personas fueron perfilándose alrededor de la escena, con expresiones tristes y angustia contenida.

—¿Por qué me enseñas esto? —preguntó Aurora con precaución.

—¿Acaso no reconoces a la joven inconsciente? —respondió con otra pregunta.

Aurora asintió despacio.

—Se parece a… mí —dijo sin confianza.

—Porque eres tú —afirmó el ser—. Y está ocurriendo ahora mismo —añadió.

La joven, desconcertada, dijo:

—Pero no puede ser, porque yo estoy aquí.

El ser aplaudió al haber llegado por fin al punto de la conversación que le interesaba.

—Ese es el problema —explicó él—. No deberías estar aquí.

—Pero no…

Él la acalló con un gesto y señaló la fantasmal escena que los separaba.

—Tu cuerpo se encuentra en estado latente, por eso estás allí. Pero tu mente se ha perdido más lejos de lo que puedas imaginar, por eso estás aquí.

Hizo un nuevo gesto con la mano y la escena se esfumó; Aurora intentó rozarla, pero solo tocó vacío. El joven, que hasta el momento se había mostrado malvado y divertido, se volvió frío y amenazador.

—Este es mi territorio —dijo con sequedad—, y ahora tú estás en él.

Aurora dio un paso atrás, atemorizada.

—Por suerte para ti —continuó él—, tenemos un objetivo común y es que te vayas de aquí. ¿No es cierto?

La joven no lo negó, pero tampoco le dio la razón. El ser no estaba para tonterías y recalcó:

—Este lugar me pertenece, así que no vengas con jueguecitos porque no sacarás nada bueno de ellos —respiró hondo y trató de adoptar una expresión que no asustase tanto a la princesa—. Hay dos formas de salir de aquí, pero solo una que te lleve de vuelta a tu mundo. A mí poco me importa con tal de perderte de vista, pero como creo que tú sí tienes tus preferencias, podemos llegar a un… acuerdo.

Aurora escuchaba, consciente de que esos momentos eran cruciales para su futuro.

—¿Un acuerdo?

—Un pacto —matizó él—. Yo te indico cómo salir de aquí tú solita y tú te encargas de irte y no volver.

—Podrías estar engañándome —se atrevió a decir Aurora.

—Sí —afirmó él—, pero ya te he dicho que no me serviría de mucho. Además —agregó—, en tu situación no tienes mucho para elegir.

La suavidad de su tono alertó a la joven.

—Mi situación ―se estremeció con sus propias palabras.

El ser se acarició uno de los oscuros mechones de su cabello.

—Tu cuerpo no aguantará demasiado tiempo separado de tu conciencia, así que en vez de entretenerte conmigo, tal vez deberías plantearte en serio regresar.

Aurora lo meditó unos segundos.

—¿Y me dirás lo que necesito solo a cambio de que me vaya?

—¿Te parece poco? —se rio él—. Puede que en el tiempo que pases aquí comprendas lo desesperantes que pueden llegar a ser las mentes humanas.

Le tendió la mano derecha.

—Entonces… ¿hay trato?

Aurora tragó saliva y tomó una decisión que tal vez le salvase la vida o que tal vez era el mayor error que había cometido nunca.

—Sí, lo hay —y le estrechó la mano.


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2 de enero de 2017

Gritos y desesperación

¡Hola lectores!
¡Feliz año 2017!


Cada persona es un mundo y cada uno tiene su forma de interpretar su realidad. ¿Qué es el cambio de un año a otro? ¿Qué representa? ¿Por qué es ahora cuando parece que todo el mundo se marca nuevos propósitos?

Lo cierto es que nosotras siempre hemos ido un poco por libre porque sabemos que, en nuestro caso, marcar un propósito para todo el año es mucho. Así que solemos actuar más sobre la marcha, solo que al tenernos la una a la otra es más fácil que cumplamos lo que nos proponemos (o que ambas cedamos a la pereza, que ya nos ha pasado…).

Por lo tanto… ¿qué es para nosotras el cambio de un año a otro? Primero tenemos que hacer otra pregunta, ¿qué es un año para nosotras? Cuando miramos hacia atrás, cada año se distingue por unos sucesos determinados. En el caso de un escritor (o al menos en nuestro caso), además de los recuerdos, cada año se mide por nuestras historias. Porque una historia, un relato, un libro, es algo muy personal. Si ya al leer, los personajes te calan muy hondo, imaginaos qué se siente cuando tú mismo les has dado vida, has creado su historia y has visto cómo evolucionaban. Y es que llega un momento en el que los propios personajes se revelan, haciéndose únicos e irrepetibles. Es entonces cuando sabes que son parte de ti.

Ahora, ¡recordemos los proyectos y los personajes del 2016!

Empezaremos porLa Aurora de los lobos.


Vosotros solo conocéis el principio de la historia, pero pensad que nosotras llevamos meses haciendo esquemas, perfilando a los personajes y escribiendo los capítulos. Aurora, por ejemplo, nació por una serie de casualidades, pero nació y no podemos mirar el 2016 sin pensar en esa princesita que tiene que enfrentarse a la misma muerte para poder sobrevivir. Y además de Aurora están Okami, Wirren, Mathius (el magnífico), Harty… Demasiados detalles y recuerdos como para contarlos en esta entrada. Para eso estamos escribiendo la novela 😉.

A continuación hablaremos deSindy y Rush, descubriendo a dos brujas”.


Para nosotras, esta historia se remonta a hace muchos años, así que se puede decir que Sindy y Rush han estado en nuestra vida desde hace mucho tiempo, también en el 2016, cuando decidimos por fin contar su historia por escrito. Todavía está en proceso, pero poco a poco vamos profundizando y avanzando más, con la ayuda y los consejos de los que nos leéis.


Y sí, aunque a veces da la sensación de que no estamos escribiendo para nadie, de vez en cuando alguien se toma un minuto para ayudarnos a mejorar (gracias). Por eso no os debéis preocupar por lo típico de dejaros con la historia a medias. Una historia merece un final y nosotras se lo daremos siempre, porque forman parte de nuestra vida y no lo podemos dejar a medias.


Continuemos 💖

Ahora iremos a un caso más concreto, el de Sindy. El 2016 para ella también es el año de “El reflejo de Penélope”, novela que envió al concurso Jordi Sierra i Fabra (todavía por fallar) y primera novela escrita por ella de la que se siente orgullosa. Como se suele decir, a la tercera va la vencida.

En el caso de Rush está “El juego de la vida”, mostrando una vez más sus dotes para los títulos :). Aunque no logró el resultado esperado, demostró que escribir un libro en un tiempo récord es posible, y continúa con la historia en el bolsillo para volver a escribirla de un momento a otro.

Tenemos que decir que el 2016 termina con grandes proyectos pendientes, pero primero nos centraremos en terminar “La Aurora de los lobos”.

Seguramente nos dejamos por el camino relatos o también proyectos que no llegaron a tomar forma por escrito, pero existen y, como los anteriores, forman parte de nosotras. ¿Tenéis vosotros algún proyecto que también forme parte de vosotros?


La siguiente pregunta que nos planteamos era la de ¿qué representa el cambio de año para nosotras? Pues, sin más, la seguridad de que empieza un nuevo año lleno de nuevos proyectos, determinación, perseverancia y muchas Tardes de Fantasía.

Aquí es cuando nos toca a nosotras hablaros de nuestros propósitos.

Para que tengáis una idea de qué esperar (en principio, porque un año es mucho tiempo) del blog en este 2017, aquí os dejamos nuestros objetivos:

  • - Unos cuantos relatos que enviemos a concursos, después de saber el resultado (no damos número porque no sabemos el tiempo que tendremos para escribir para concursos, pero algo habrá).
  • - Terminar de escribir “La Aurora de los lobos” y crear bellas imágenes sobre la historia.
  • - O avanzar con “Sindy y Rush, descubriendo a dos brujas” o bien empezar algún nuevo proyecto literario.
  • - Y yendo a lo individual, Sindy tiene entre manos un proyecto al que por ahora denomina Nix y Rush se ha propuesto cumplir todos los retos que han surgido durante el año (entre los cuales está su nueva historia para el Jordi Sierra i Fabra).


Y por fin, la última pregunta, ¿por qué marcarse nuevos propósitos ahora? En nuestra humilde opinión, es mejor marcarse propósitos ahora que no hacerlo nunca, ¡pero no os limitéis, ni se os ocurra! Si estáis a mediados de abril y queréis marcaros un propósito para los próximos 12 meses, ¡adelante! “La Aurora de los lobos” surgió a finales de febrero o principios de marzo y eso no nos echó atrás para escribirla. El fin de año es un buen momento para recobrar la inspiración de seguir con una historia, el espíritu de empezarla y el ánimo de escribir. Por eso, en resumidas cuentas, nuestro propósito para este año es el que llevamos proponíendonos todos los días: escribir y dejarnos llevar por la fantasía.
Por supuesto, queda explicaros el motivo del título de la entrada. Veréis, esa es una antigua frase con un origen incierto que hoy, al pensar en ella, hemos recordado. ¿Por qué un 1 de enero íbamos a gritar y desesperarnos? Pues porque queríamos felicitar el año de una manera diferente y no sabíamos cómo, así que esperamos que esta entrada os haya parecido un poquito distinta a lo general 😊. Y el origen de esta frase... Ni siquiera estamos seguras del año, pero ¡podría remontarse al 2014! Desde entonces la hemos usado unas dos o tres veces más en circunstancias de verdadera frustración o impotencia en las que lo único que queda son gritos y desesperación. Es una frase muy preciada para nosotras y qué mejor forma de empezar el año que esta, con tanta fuerza.

Sin más, solo queda añadir una cosa, un último deseo para vosotros: esperamos que este año 2017 esté lleno de alegrías, historias, nuevos mundos por descubrir; esperamos que sigáis con nosotras y que disfrutéis leyendo todo lo que tenemos para ofreceros.


¡Feliz 2017 a tod@s!




Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...
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