12 badaladas

| Traducción en castellano debajo ^^ |

★★★

A primeira badalada foi a do nacemento, a xénese da vida, a do principio do fin, pero principio á fin e ó cabo. A primeira foi o comezo da historia, sen a que non existirían as demais. 

A segunda badalada foi a do mundo, foron os primeiros pasos e as primeiras experiencias. Con ela descubriu o mundo e os seus segredos, as cores e os sons, a alegría e a pena. Coa segunda badalada comezou a camiñar e xa non puido parar. 

A terceira badalada foi a do fogar, foron as ceas en familia, as discusións sen sentido, as bromas compartidas e os paseos co cadeliño que adoptaran. Ou talvez foi a das ceas incómodas e as fuxidas da casa coa escusa de pasear o cadelo. As terceiras badaladas non sempre tocan nun bo fogar. 

A cuarta badalada foi a da amizade. Deixouse envolver polo son das campás que lle regalaran un amigo con quen compartir as súas tardes, os seus segredos e os seus sentimentos. 

A quinta badalada foi a dos soños infinitos, a dos mil desexos por cumprir e mil proxectos que emprender. Con ela incluso conquistar o mundo parecía posible e os límites semellaban insignificantes, nada a podería deter. 

A sexta badalada foi a do amor, a dun cariño especial que ía máis alá da amizade. Foi a de soñar con fogares e futuros por descubrir, foi a de aprender a querer e a deixarse amar. 

A sétima badalada foi a da traizón, a dos amigos que se afastaron cando máis os necesitaba, foi a badalada da soidade e dunha dor tan profunda como unha daga cravada no corazón. 

A oitava badalada foi a do desamor, a de descubrir que non había ninguén perfecto e que non se poden esperar príncipes azuis nun mundo no que non existe a maxia. 

A novena badalada foi a da familia, a familia que se atrevera a formar despois de anos de esforzo e traballo, alegrías e decepcións e persoas que chegaron para marchar e regresaron a pesar de todo. 

A décima badalada foi a da perda, a das historias que remataban mentres a súa continuaba. Foi a badalada de vestir de negro e despedirse, de sentir que o mundo era inxusto e arrebataba a quen merecía máis badaladas por vivir. 

A undécima badalada foi a do recordo, a de toda unha vida vivida e mil badaladas compartidas. Foi esa badalada con recendo a madalenas caseiras e o olor da chuvia polas mañás. Era a badalada do sorriso dos netos, dos seus choros, dos seus berros, da súa vida. 

A duodécima badalada acabou por chegar. Foi a badalada da nada, da fin, a do remate da historia, a dos finais en branco despois de doce intensas badaladas. Pero ó chegar á duodécima foi cando se decatou de que todas as demais badaladas se repetían sempre que as campás tocaban unha nova hora. E nese momento, cando a badalada do principio deu paso á do mundo, cando a do fogar camiñou ata a amizade, cando despois dos soños infinitos chegou o amor, tras ver con novos ollos a traizón, o desamor, a familia e a perda, os recordos acompañárona e todas as badaladas cobraron verdadeiro sentido. 

Mentres a última badalada acababa de soar, un novo reloxo comezaba a xirar cunha nova vida a piques de comezar. 


Imagen de Stefan Keller en Pixabay


12 campanadas 


La primera campanada fue la del nacimiento, el génesis de la vida, la del principio del fin, pero principio al fin y al cabo. La primera fue el comienzo de la historia, sin la que no existirían las demás. 

La segunda campanada fue la del mundo, fueron los primeros pasos y las primeras experiencias. Con ella descubrió el mundo y sus secretos, los colores y los sonidos, la alegría y la pena. Con la segunda campanada empezó a caminar y ya no pudo parar. 

La tercera campanada fue la del hogar, fueron las cenas en familia, las discusiones sin sentido, las bromas compartidas y los paseos con el cachorrito que habían adoptado. O tal vez fue la de las cenas incómodas y las huidas de casa con la excusa de pasear al cachorro. Las terceras campanadas no siempre tocan en un buen hogar. 

La cuarta campanada fue la de la amistad. Se dejó envolver por el sonido de las campanas que le habían regalado un amigo con quien compartir sus tardes, sus secretos y sus sentimientos. 

La quinta campanada fue la de los sueños infinitos, la de los mil deseos por cumplir y mil proyectos que emprender. Con ella incluso conquistar el mundo parecía posible y los límites parecían insignificantes, nada la podría detener. 

La sexta campanada fue la del amor, la de un cariño especial que iba más allá de la amistad. Fue la de soñar con hogares y futuros por descubrir, fue la de aprender a querer y a dejarse amar. 

La séptima campanada fue la de la traición, la de los amigos que se alejaron cuando más los necesitaba, fue la campanada de la soledad y de un dolor tan profundo como una daga clavada en el corazón. 

La octava campanada fue la del desamor, la de descubrir que no había nadie perfecto y que no se pueden esperar príncipes azules en un mundo en el que no existe la magia. 

La novena campanada fue la de la familia, la familia que se había atrevido a formar después de esfuerzo y trabajo, alegrías y decepciones y personas que llegaron para marchar y regresaron a pesar de todo. 

La décima campanada fue la de la pérdida, la de las historias que acababan mientras la suya continuaba. Fue la campanada de vestir de negro y despedirse, de sentir que el mundo era injusto y arrebataba a quienes merecían más campanadas por vivir. 

La undécima campanada fue la del recuerdo, la de toda una vida vivida y mil campanadas compartidas. Fue esa campanada con aroma a magdalenas caseras y el olor de la lluvia por las mañanas. Era la campanada de la sonrisa de los nietos, de sus lloros, de sus gritos, de su vida. 

La duodécima campanada acabó llegando. Fue la campanada de la nada, del final, la del remate de la historia, la de los finales en blanco después de doce intensas campanadas. Pero al llegar a la duodécima fue cuando se dio cuenta de que todas las demás campanadas se repetían siempre que las campanas tocaban una nueva hora. Y en ese momento, cuando la campanada del principio dio paso a la del mundo, cuando la del hogar caminó hasta la amistad, cuando después de los sueños infinitos llegó el amor, tras ver con nuevos ojos la traición, el desamor, la familia y la pérdida, los recuerdos la acompañaron y todas las campanadas cobraron verdadero sentido.

Mientras la última campanada acababa de sonar, un nuevo reloj empezaba a girar con una nueva historia a punto de comenzar.

Imagen de anncapictures en Pixabay


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