La Aurora de los lobos - Capítulo 2 (parte 3/3)


La persona continuó vagando por el palacio, con el paso raudo y discreto propios de una loba. Los pasillos, de paredes y techos tapizados, estaban tal y como Aurora los recordaba. Ostentosas lámparas de cristal colgaban en el centro de cada sala, y los suelos eran de madera, cubiertos de coloridas alfombras. Algunas habitaciones estaban decoradas con retratos familiares y otros cuadros, como paisajes propios del reino. Todo en aquel lugar hacía que la princesa lo añorase más que nunca.

Al cruzar uno de los pasillos más amplios, una puerta se abrió de par en par y casi golpeó a la persona. Narmín, una de las amigas de Aurora, salió apresuradamente de la sala y la miró con desdén. Aunque la princesa sabía que ese gesto no iba dirigido a ella, era la primera vez que lo veía en primera persona.

»Ten más cuidado ―dijo Narmín con tono amenazador y expresión de superioridad.

Acto seguido, se volvió grácilmente y se alejó con paso seguro por el pasillo. La mente de la persona se volvió más fría y oscura, y se llenó de sentimientos de odio y desprecio. Sus pensamientos amargos resonaron en todo el lugar.

»Y tú… que me miras como si fuera un insecto… Tú eres el verdadero insecto; algún día te lo haré ver, te aplastaré…

Aurora se estremeció. Aquella voz, que alguna vez había sonado suave y melodiosa, era áspera y ruda, y albergaba odio y resentimiento. Los pensamientos negativos aumentaron, y el suelo comenzó a temblar violentamente. Las grietas se agrandaron; algunos picos se quebraron y otros surgieron del suelo repentinamente. La joven quiso correr, pero perdía el equilibrio cada vez que intentaba levantarse. Asustada, cerró los ojos con fuerza, se cubrió el rostro con ambas manos y rezó a la diosa para que la calma volviese.

Sus plegarias fueron escuchadas. De pronto, todo cesó. La tierra dejó de temblar y los pensamientos dejaron de sonar; solo había silencio y quietud. Aurora abrió lentamente los ojos, sin saber qué esperar. El cielo, de un rojo tan intenso como antes, parecía que se había aclarado, y el ambiente no estaba tan cargado. La princesa se inclinó sobre una de las superficies transparentes, y entonces lo vio; era él.

Mathius se aproximó con paso garboso. Era un lobo de pelaje sedoso y de un gris que resaltaba sus bonitos ojos azules. Lucía una expresión serena en el rostro, tan arrebatador como de costumbre. Aurora sonrió al verlo, mientras su corazón se aceleraba; todo en él era perfecto.

»Mathius… —susurraron Narmín, la persona y Aurora a la vez.

La princesa observó a su amiga sonreír al lobo y a Mathius devolviéndole el gesto.

»¿Por qué a ella y no a mí? —dijo la voz.

Aurora no estaba segura de si habían sido palabras o simples pensamientos, pero, de algún modo, comprendía los sentimientos de la persona.

—También yo lo pienso —admitió, sin esperar respuesta.

Mathius y Aurora se conocían desde niños y siempre habían sido grandes amigos. La joven no podría precisar si su afecto hacia él se había convertido en algo más que amistad en todos esos años. Y mucho menos si él sentía hacia ella algo distinto al respeto y al cariño. Lo que sí sabía era lo duro que era verlo tan cerca y no poder hablarle. No sentía tanta ansiedad como al ver a su hermano, pero sí tenía una sensación novedosa que no acababa de gustarle. No entendía el motivo, pero ver a Mathius y a Narmín así de juntos y felices la entristecía y la molestaba. Quizás porque si cualquiera de sus amigas estuviese entre la vida y la muerte, Aurora sería incapaz de sonreír; esa era su naturaleza. O quizás porque por primera vez ese sentimiento que siempre había intentado ignorar, quería hacerse notar.

»¿Qué es el amor? —preguntó la voz, en forma de pensamiento.

Aurora se sorprendió por la cuestión, aunque lo que más la azoró fue comprender que de algún modo, ella estaba meditando sobre lo mismo.

La princesa dejó de prestarle atención a la lámina de cristal y contempló, de pronto sobrecogida, el inmenso firmamento rojizo y el páramo abrupto en el que se encontraba. Después se miró a sí misma, atrapada allí y sin posibilidad de comunicarse con su mundo y las personas a las que amaba. La palabra amor resonó en su mente y contestó:

—El amor es ese sentimiento reservado para los vivos, no para los… medio vivos —observó de nuevo la imagen de sus dos amigos, y prosiguió—. El amor es aquello que a veces podríamos sentir, pero no lo hacemos a tiempo… 

»¡Basta! —exclamó la voz—. ¡No quiero oír más la palabra amor! ¡No más, es suficiente!

Aurora dudó ante la posibilidad de que la persona la hubiese oído, o que hubiese oído aquello que precisamente decía no querer escuchar: amor. Sin embargo, su atención se centró en la superficie de cristal, que comenzó a temblar.

»¡No más, no más, no más…! —continuó suplicando la voz.

Y una delgada grieta recorrió la lámina, que por un momento se oscureció. Aurora se inclinó, para tratar de ver mejor la escena. La imagen se iluminó otra vez, presentando una habitación diferente con los mismos personajes. La persona parecía ocupada con tareas propias de los sirvientes, lo que apoyaba la teoría de su presencia en el castillo como servidora. A pesar de ello, no apartaba la vista de la pareja.

»¡No más, no más, no más! —repitió con urgencia.

La escena se volvió a oscurecer y a surgir varias veces, desde diferentes perspectivas pero con algo en común; la cercanía del lobo y la joven. La lámina de cristal se agrietaba más, poco a poco.

»¡¡Basta!! —exclamó entonces la voz.

La imagen cambió una última vez y Aurora vio a Mathius mover los labios y a Narmín sorprenderse ante sus palabras. Estaban junto a uno de los muchos ventanales de los muchos pasillos del castillo, en el lado oeste, donde la luz del atardecer penetraba en el edificio y los iluminaba a ambos con calidez. Narmín empezó a respirar con rapidez y miraba al lobo dubitativa. Pero en su cabeza tomó alguna clase de decisión que transformó su nerviosismo en determinación. Aurora leyó en sus labios el nombre del joven, y Mathius se giró hacia Narmín. Ella balbuceó palabras que la princesa no pudo entender y el lobo se acercó a la muchacha, con toda su elegancia y perfección. Aurora dejó de respirar al mismo tiempo que Narmín, aunque su amiga se recompuso lo suficiente como para hacer algo que se escapaba a las posibilidades de la princesa.

Posó sus labios sobre los de Mathius.

Lo besó.

Y él la besó a ella.

Aurora contempló la imagen sin poder reaccionar, hasta que un grito agudo e insoportable cruzó el yermo paraje y la superficie de cristal se rompió en mil pedazos. En su lugar empezó a abrirse una grieta oscura, más tenebrosa y profunda que las demás. Una grieta aterradora cuyo final era posiblemente peor que el lugar en el que se hallaba.

La princesa echó a correr.


Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

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