La Aurora de los lobos - Capítulo 2 (parte 1/3)


2 - La persona

Si existía un lugar llamado infierno, Aurora estaba en él. Al menos eso le había dicho el ser. Era el infierno de los vivos, aquel rincón de la mente que las personas evitaban a toda costa. Pero además era el territorio de aquella criatura con apariencia humana que había dejado muy claro cómo salir de allí: regresando al mundo de los vivos o acabando en un lugar perdido donde las almas vagaban por toda la eternidad.

Aunque Aurora no confiaba en las palabras del ser, sí sentía que su tiempo se agotaba. Tras el pacto, el ser desapareció y la princesa empezó a apreciar cambios en el entorno, como si algo hubiese permitido que la oscuridad se desvaneciese poco a poco. Un motivo más para desconfiar del ser. Continuó su trayecto en línea recta hasta que un líquido rojizo en el suelo la detuvo. Aurora se agachó para contemplarlo.

—¡Sangre! —gritó.

Deseaba encontrar algo distinto a aquella oscuridad, pero no sangre… Se levantó, se calmó y miró al frente, en busca del origen de la substancia. El suelo empezó a temblar y la princesa trató de mantener el equilibrio; mancharse de sangre en un mundo hostil no era lo que más le apetecía en ese momento. El temblor aumentó y el suelo se agrietó. Aurora corrió sobre la sangre, sin conseguir dejar atrás aquella pesadilla. Resbaló y, antes de caer, el suelo se inclinó y la joven se deslizó sobre él como si se tratase de un tobogán.

Durante unos instantes solo vio sangre a su alrededor, mientras caía sin remedio. Sentía una fuerte opresión en el pecho, como si se estuviese ahogando, aunque podía respirar con normalidad. Un viento fuerte hacía que la sangre se agitase en violentas cascadas. De pronto, todo cesó.

Aurora cayó sobre una superficie extremadamente rígida, más que la roca, si aquello era posible. La princesa se miró a sí misma y se sorprendió al comprobar que no quedaba ni rastro de sangre. Entonces levantó la vista e inspeccionó el lugar en el que se hallaba. Ante ella se extendía un abrupto paraje rocoso. Afilados picos de piedra se alzaban hasta el cielo, de un brillante color escarlata, y profundos abismos se hundían en la tierra y parecían no tener fin.

La princesa se puso en pie, mareada; no sabía qué había pasado. Como allí sentada no lo descubriría, comenzó a deambular por aquel extraño e inhóspito lugar. Había grietas por todas partes, de cualquier tamaño y profundidad, y gigantescos pinchos finos y extremadamente afilados. Donde no había ni grietas ni pinchos, no había nada.

Aurora miraba a su alrededor, aterrada. Aquel desierto le ponía los pelos de punta y le provocaba escalofríos. Pasó al lado de uno de los elevados picos y alzó la mirada con cuiosidad, intentando ver la cima que se perdía en el cielo. Inmersa en lo que veía, no se percató de la grieta que había en el suelo y su pie quedó atrapado en ella. La joven se precipitó hacia delante, cayendo sobre la roca, y su vestido se rasgó a la altura de las rodillas. Aurora soltó un grito quedo; la piedra, rígida y afilada, se clavaba en su tobillo. Era extraño, porque a pesar del gran dolor que sentía, tan solo era una débil réplica del daño real. La princesa se movió despacio, cuidando no herirse todavía más. Con total delicadeza, sacó el pie de su precioso zapato, y así pudo sacarlo de la grieta con más facilidad. Aurora examinó su tobillo, marcado con finos cortes que emanaban sangre. Buscó con la mirada algo para usar a modo de venda, pero solo encontró roca. Con un suspiro, rompió la entretela del bajo del vestido, intentando que no se notara, y la ató alrededor de las heridas.

Satisfecha, se levantó y miró el resultado. Su zapato seguía atrapado en la grieta, así que se agachó para sacarlo, pero estaba tan encajado que parecía formar parte de la roca. Cogió aire y tiró con todas sus fuerzas. Esbozó una sonrisa cuando su hermoso zapato quedó libre, sin un solo rasguño. Sin embargo, esa expresión se le congeló en el rostro. Una fina grieta comenzó a formarse a partir de la otra, mucho más grande, y recorrió varios metros, acompañada por el temblor de la tierra, antes de detenerse.

―Ups ―susurró Aurora.

La princesa, sin saber qué hacer, se alejó lo más rápido que pudo de allí. A pesar de ser un material tan rígido, se había resquebrajado con demasiada facilidad, y Aurora solo podía pensar en huir de aquel lugar antes de que se viniera abajo.

»Despacio, despacio ―dijo entonces una voz dulce y melodiosa que sonó, sin embargo, tétrica y escalofriante.

El corazón de Aurora dio un vuelco, y la muchacha se detuvo en seco con un saltito asustado. Miró a su alrededor, esperando ver a alguien, pero el lugar estaba tan solitario como hacía un momento.

―De acuerdo… ―comenzó Aurora, con voz asustada―, iré más despacio entonces.

»¡NO! ―gritó la misma voz.

La princesa saltó aún más que antes y lanzó un grito muy agudo. Aquella voz parecía provenir de ninguna parte y de todas a la vez.

―Me estás volviendo loca ―fingió estar bromeando, pero su carcajada temblorosa delató el temor que realmente sentía.

Aunque la voz no dijo nada, el ambiente se volvió oscuro y angustioso. Aurora no habría sabido decir qué había cambiado, pero en cada bocanada de aire que respiraba podía captar los sentimientos más oscuros que había sentido jamás, y aquello la aterrorizó.

Pronto comenzó a respirar con dificultad; necesitaba salir de allí. Por eso corrió de nuevo, para escapar de aquella sensación que le oprimía el pecho. Corría torpemente, tropezando continuamente, pero siguió adelante como pudo. Sentía punzadas en el tobillo cada vez que apoyaba el pie; aunque le dolía más que antes, sabía que en circunstancias normales tal vez no podría caminar. Apretó los dientes, intentando aguantar, y cerró con fuerza los ojos. Y corrió y corrió… hasta que resbaló.

De pronto ya no había suelo bajo ella, y caía sin remedio al interior de una grieta de las más grandes que había visto, y, cómo no, también muy profunda. En el oscuro abismo que había al final de la grieta comenzó a surgir luz, y Aurora pudo ver una calle familiar en pleno mediodía. Parecía tan lejana y tan cercana a la vez…

Una gran caída la separaba del suelo y la princesa profirió el grito más alto que le permitieron sus pulmones. Sin embargo, su desesperación no duró mucho; había alcanzado el suelo antes de lo previsto. Cuando Aurora se recuperó del susto, descubrió que en realidad no había caído en la ciudad, sino que se encontraba sobre una superficie dura y transparente, observando a través de ella todo lo que sucedía en aquella calle. pero algo consiguió interrumpirlo. Había alcanzado el suelo antes de tiempo. Cuando Aurora se recuperó todo lo que pudo del susto, comprobó que no había llegado exactamente al suelo; estaba sobre una superficie dura y transparente, observando todo lo que sucedía en aquella calle.

Alzó la vista y un cielo rojo le devolvió la mirada; seguía en ese lugar que el ser llamaba infierno. Si miraba al exterior, veía aquel inhóspito mundo de grietas, y si miraba a través del material transparente, veía la calle de su reino, por la que tantas veces había deambulado. Era como ver su mundo a través de los ojos de otra persona. Entonces, esa persona comenzó a caminar y Aurora se mareó; creyó que perdería el equilibrio de un momento a otro. Sin embargo, el mundo en el que se encontraba permanecía estable, y la princesa también.

Todo estaba tal y como Aurora lo había dejado. Era un apacible día primaveral en un entorno perfecto. Los adoquines brillaban ligeramente a la luz del sol, y en los numerosos puestos que flanqueaban la calle lucían vistosas flores. Los niños jugaban y los pájaros cantaban; todo era pura armonía.

Delante de Aurora surgió una figura todavía más conocida que la calle; un majestuoso edificio se elevaba ante ella: su castillo, su hogar. Y el extraño cristal que le permitía ver su mundo se dirigió hacia él. Aurora tenía la sensación de estar instalada en el ojo de otra persona, o incluso en alguna parte de su cerebro. Veía sus manos al caminar y las intermitencias apenas perceptibles de la imagen podían deberse al parpadeo; pero no veía a la propia persona ni sabía si aquello era algo distinto a una curiosa visión.

La persona, probablemente una loba a juzgar por la forma de sus manos, entró en el castillo por una de las puertas de servicio. La princesa observaba la escena, atónita, sin entender la normalidad con la que la persona se movía por las cocinas. Si se trataba de una visión, era bastante fiel a la realidad; incluso estaban las deliciosas magdalenas que Aurora solía coger en secreto. Y si realmente estaba viendo a través de otra persona… la persona no debía de ser consciente de su huésped interior.


Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

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