Serpientes con gafas de sol y otras historias (capítulo 1)

¡¡Buenas, fantasiófil@s!!
He vuelto a sacar un ratillo para escribir, y esta vez es para continuar con una historia que comencé este marzo y que había dejado aparcada hasta ahora; podéis encontrar el prólogo aquí. Aun así, haré un pequeño resumen, a petición de Sindy, de lo que ha sucedido hasta ahora:
Tenemos a Berna, una joven con ganas de aventura que sueña con convertirse en una heroína de cuento (aunque en los cuentos, ese papel esté reservado a los hombres). La historia comienza cuando Berna, de camino a una ciudad para buscar trabajo, encuentra un castillo abandonado y un libro que le abre la puerta a Jiseria, el mundo donde todos pueden ser lo que quieran ser. Allí la reciben un hombre y una curiosa serpiente parlante con gafas de sol llamada Arnys. Básicamente, eso es lo que tenéis que saber para leer el capítulo 1, así que...
¡Espero que os guste!






Querida madre,

Siento haber tardado tanto en escribir. Hace unos días que llegué a la ciudad y ya he encontrado trabajo. No gano demasiado, pero espero que sea suficiente por el momento (aunque no puedo asegurar nada, quizás no tarde en empezar a ganar más). Por ahora, debéis tener paciencia…


―Mintiendo a mamá… ¡qué mona!

Arnys, mirando la carta de Berna por encima de su hombro, siseó con sorna. La chica se sobresaltó e intentó inútilmente cubrir el papel con sus brazos, aunque lo único que consiguió fue esparcir la tinta fresca y emborronar lo poco que había escrito. Suspiró y se volvió para encararse con la serpiente.

―En primer lugar, no le he mentido, solo he omitido parte de la verdad. Y en segundo lugar… ¿se puede saber qué haces aquí, cotilleando mi correspondencia privada?

―Pues… cotillear tu correspondencia privada, tú lo has dicho ―dijo Arnys, fingiendo incomprensión―. Además, eso que dices de “omitir parte de la verdad” a mí me suena más a “es una forma de mentir sin sentirme mal conmigo misma”. Francamente, Berna, me decepcionas. Yo creía que las caballeras eran demasiado honorables para mentir a sus madres. ¡A sus madres, Berna!

La joven, tras poner los ojos en blanco, se levantó y arrugó el papel emborronado que habría sido su carta para tirarlo a la basura, sin prestar atención a lo que Arnys continuaba diciendo sobre su falta de moral y respeto con su madre. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para seguirle la corriente, así que, en lugar de ello, cogió una nueva hoja de pergamino y la llevó de vuelta a la mesa, no sin antes apartar a la serpiente, que seguía su charla enroscada sobre la madera.

Querida madre…

Berna habría querido contarle que llevaba ya varios días en Jiseria, que, según le había contado el Guardián de la Puerta, era un mundo donde todos tenían cabida y donde los sueños podían cumplirse. Habría querido decirle que, en el poco tiempo que llevaba viviendo allí ya se había empezado a sentir parte de todo aquello, que había adquirido una armadura y empuñado una espada, que había recorrido caminos perdidos y encontrado tesoros con los que había podido pagarse una humilde casita a las afueras de un pequeño reino. Pero no lo hizo.

He encontrado trabajo en la ciudad, y, aunque no gane demasiado, espero que eso cambie pronto.

No mencionó cuál era ese trabajo, ni que la ciudad en la que trabajaba no era a la que se dirigía cuando halló la puerta a Jiseria.

Tened paciencia por ahora.
Con amor,
Berna.


Sí, debían tener paciencia. Si todo salía bien…

―Berna ―la voz de Arnys interrumpió de nuevo sus pensamientos. Sin embargo, en esta ocasión el tono de broma de la serpiente había desaparecido y sus ojos, a través de los oscuros cristales de sus gafas de sol, parecían serios―. ¿Qué quieres decir con lo de que esperas ganar más pronto?

Berna vaciló. Por algún motivo, había estado evitando contarle a Arnys sus planes, a pesar de que habían pasado bastante tiempo juntos desde su llegada a Jiseria y de que prácticamente vivían juntos. Quizá porque para conocer a alguien de verdad no basta simplemente con compartir algunas conversaciones vacías o con caerse bien mutuamente. Por eso, la muchacha no estaba segura de cuál sería la reacción de la serpiente, y eso era lo que más la impulsaba a no contárselo. ¿Se preocuparía por ella? ¿Intentaría disuadirla? O, lo peor de todo, ¿sencillamente le daría igual?

Ni siquiera sabía por qué le importaba tanto. Ni ella ni la serpiente habían contado al otro absolutamente nada de su vida, ni habían preguntado acerca de ella. No era como si no hubiese secretos entre ellos. Y en aquel momento se trataba simplemente de un viaje; debería tener menos importancia que su pasado, pero, por alguna razón, Berna se sentía mal al ocultárselo. De todas formas, se dijo, las caballeras no ocultaban sus hazañas, sino que las contaban con orgullo y fe en sí mismas, así que cogió aire, alzó la cabeza y respondió a su amigo antes de que pudiera arrepentirse:

―Voy a ir a Nelve.

―¿Nelve? ―Se sorprendió Arnys―. ¿Estamos pensando en el mismo Nelve?: ¿El reino maldito, gobernado por un tirano que nunca se deja ver y que se divierte destruyendo todo a su paso? ¿Ese es el Nelve al que te refieres?

Berna asintió y aguardó a que la serpiente volviese a hablar, seguramente para decirle que estaba loca y que debería olvidar sus planes.

―Genial, ¿cuándo partimos? ―Preguntó, en cambio.

―¿Partimos? ―Se extrañó la chica, sin ser capaz de decir nada más.

―No esperarías que te dejase ir sin mí, ¿verdad?

La chica no contestó, todavía sorprendida. Había escuchado que ir a Nelve era una locura, un viaje suicida, aunque los tesoros que guardaba esa tierra fueran muchos (a cada cual más valioso), y uno solo de ellos podría facilitar bastante su situación, de eso Berna estaba segura. Por eso quería ir. Por eso tenía que ir. Pero Arnys… él no parecía tener un motivo como el suyo para embarcarse en un viaje del que quizás no regresase jamás. Aunque eso, se recordó la muchacha, ella no podía saberlo.

―Venga, admítelo ―insistió Arnys, ante el silencio de la joven―: no serías capaz de dar dos pasos sin mí; me quieres demasiado como para dejarme atrás.

La serpiente alzó la cabeza y sonrió de medio lado, con los cristales de sus gafas destellando bajo un rayo de sol, como siempre solía hacer cuando quería parecer superior. Berna, que había pretendido replicar, no pudo evitar devolverle la sonrisa. De pronto, su viaje había comenzado a entusiasmarla todavía más.

―Bien, pues no hay más que hablar ―aceptó―. Partimos esta misma tarde, cuando haya enviado la carta. ¡Rumbo a la aventura! ―Exclamó, alzando una espada imaginaria y coreada por el siseo de emoción de Arnys.

Unas horas más tarde, como había dicho la joven, ambos emprendieron el viaje hacia tierras lejanas, desconocidas y peligrosas. Lo que no sabían era que algo más que la aventura aguardaba su llegada.

 
 
 
 
Con un último crujido, la torre terminó de desplomarse. El humo cubrió el suelo y se alzó hasta el cielo, mientras el susurro de una risa se fundía con las sombras.

―Quizás me haya excedido un poco, ¿no crees, Riley?

El coro de gritos que había nacido de los escombros se tradujo en decenas de guerreros que corrieron despavoridos de vuelta a sus monturas, dispuestos a huir, el vestigio del que había sido un valeroso ejército. Sin embargo, los alaridos no acallaron la voz del rey de Nelve, que observaba la escena desde un rincón alejado.

―En absoluto, mi señor Aidas ―respondió una voz femenina a sus espaldas―. Si me lo permitís, creo que se lo merecían: ¿todo un ejército contra una sola persona? No es muy justo.

―Cierto, aunque nunca tuviesen la más mínima oportunidad contra mí.

El eco de cascos del último de los caballos fue perdiendo intensidad hasta desaparecer, y Nelve volvió a sumirse en su habitual quietud.

―Debo reconocer que me has sido de mucha utilidad, mi fiel Riley ―dijo el señor de Nelve, todavía espada en mano, mientras ponía rumbo a su guarida, seguido de su sierva.

―Sois el único capaz de dominar tal poder. Es cuestión de tiempo que lo controléis con la destreza suficiente como para conquistar todo Jiseria. Y mi deber es serviros para ese propósito y todo lo que dispongáis después de lograrlo.

―Y yo te lo recompensaré a su debido momento, por eso no te preocupes. Soy generoso con los que me son fieles.

Repasó una vez más la hoja de su espada con un dedo antes de envainarla y hundir las manos en los bolsillos. El gañido de un halcón cortó el aire y el ave, tras abrirse paso entre el humo, voló a posarse sobre el hombro de Riley. El rey se detuvo y esperó mientras su sierva acariciaba al halcón en el pico.

―¿Y bien? ―Inquirió Aidas finalmente.

―Mi señor, parece que alguien viene hacia aquí.

―¿Otro ejército? ―Dijo, saboreando la pregunta. Como en un acto reflejo, sacó una mano del bolsillo y rozó con ella la empuñadura de su espada.

Riley observó al halcón con el ceño fruncido y vaciló antes de contestar.

―No es un ejército, mi señor. Es… solo una persona. Una chica.

Aidas alzó las cejas, sorprendido.

―¿Una chica? ¿Estás segura? ―Riley asintió―. Interesante… Y muy osada.

―O muy inconsciente, si queréis mi opinión.

El rey no pareció escucharla, absorto en sus pensamientos y jugueteando con la empuñadura de su espada.

―Vamos, Riley, démosle a nuestra invitada la bienvenida que se merece.

Se puso de nuevo en marcha mientras una sonrisa divertida crispaba su rostro y el viento alzaba polvo de los escombros para pintar el cielo del color de la muerte.
 
 
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Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

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