Serpientes con gafas de sol y otras historias (prólogo)

¡¡Hola, mis queridísim@s fantasiófil@s!!
Hacía demasiado tiempo que no me pasaba por este maravilloso rinconcito de internet para dejar una historia, y espero que no pase tanto tiempo hasta la próxima vez que lo haga. El caso es que hoy vuelvo con el inicio de una serie de relatillos (que estoy escribiendo dejándome llevar por la fantasía y que no sé exactamente por qué caminos me llevarán). Mi intención (con las siguientes entradas, porque la de hoy es solo el prólogo) es que se pueda sacar de ellos una bonita moraleja sobre el mundo que nos rodea y las personas que viven en él. Además, ¿quién sabe?, quizás le podrían servir a alguien que necesite ánimos, para sentirse tan fuerte como es en realidad. Al menos, eso es lo que pretendo :).

En fin, con respecto a la entrada de hoy he de decir que ha nacido de la idea (que me propuso mi queridísima Sindy) de escribir un relatillo con las palabras "gafas", "enredadera" y "serpiente". ¡¡¡Espero que os guste!!!

Cuando Berna terminó de escalar el muro del castillo, ayudándose de las frondosas enredaderas que crecían en él, y se asomó a una de las ventanas, no vio lo que había estado esperando ver.

Recordaba perfectamente su infancia, las historias que solía contarle su madre las noches de invierno, antes de dormir. Cuentos de princesas encerradas en torres, brujas malvadas que las mantenían cautivas, príncipes que vencían dragones, ogros y escalaban torreones para rescatarlas. Berna había soñado desde entonces con vivir aquellas aventuras, con recatar princesas y matar dragones, por mucho que su madre siempre insistiese en que aquellas hazañas no era para muchachas como ella. Pero Berna nunca había dejado de soñar e, incluso años más tarde, mientras viajaba de su pueblo natal a la ciudad para buscar su primer trabajo, no pudo evitar detenerse en medio del camino al divisar la silueta de un castillo a lo lejos.

Sabía perfectamente lo que su madre, y, probablemente, cualquier otra persona sensata, le habría dicho cuando instó a su caballo a desviarse del camino principal para acercarse a la fortaleza: que aquel castillo cubierto de hiedra estaría abandonado, que no hallaría princesas en él o que se olvidara de los cuentos reservados a niños pequeños; que aquel era el mundo real. Pero Berna estaba sola, sin nadie que la persuadiera, y su imaginación y curiosidad eran más poderosas que su deber de buscar un oficio.

Llegó al muro del castillo, desmontó de su corcel y escaló la enredadera imaginando que era el príncipe de uno de los cuentos de su madre. Se asomó a la ventana y vio un dormitorio vacío, desordenado y con los viejos muebles cubiertos de polvo. No había princesa, ni bruja malvada, ni ella era un príncipe.

Estaba a punto de regresar a su caballo cuando algo le llamó la atención. Había una pequeña mesa de madera gastada, sin nada de especial salvo que, al contrario que el resto de los muebles, no tenía polvo, y la silla que había vacía ante ella, tampoco. Sobre la mesa había un libro y, sobre el libro, unas gafas.

Berna no podía leer lo que ponía el libro desde donde se hallaba, pero había algo en aquellas páginas que la llamaba. No se lo pensó dos veces: empujó el vidrio de la ventana, que cedió con facilidad, y entró.

Una alfombra raída y descolorida soltó una nube de polvo cuando Berna saltó sobre ella, y las tablas del suelo crujieron espantosamente. Se quedó quieta, esperando si el ruido había alertado a alguien en el castillo, pero de nuevo la desilusión cayó sobre ella como una jarra de agua fría. Habría preferido que un monstruo terrible y sediento de sangre se hubiese despertado para atacarla que seguir enfrentándose a la desalentadora realidad de que no había nadie más allí.

Se acercó a la mesa mientras desterraba de su mente aquellos pensamientos y se sentó en la silla. Era evidente que alguien había estado allí poco antes que ella, porque ni el libro (abierto por una página especialmente bonita, llena de dibujos que no habían perdido su color) ni las gafas, perfectamente limpias, encajaban en aquel lugar tan abandonado. Berna se inclinó sobre el libro hasta que su nariz quedó casi rozando las páginas, pero, aún así, era incapaz de leer una sola de aquellas diminutas palabras y ni siquiera los dibujos que adornaban el texto resultaban ser más que unas motas coloreadas.

Berna cogió las gafas y las observó. Nunca había necesitado gafas para leer, pero no perdía nada por probar. Se las puso y volvió a mirar el libro. Las páginas parecían desprender un leve resplandor y la tinta de letras y dibujos se arremolinaba para formar las figuras más curiosas. Vio castillos en las nubes, en los mares y en la tierra, amaneces oscuros y anocheceres brillantes, estrellas de todos los colores que formaban bellos arco iris en el cielo nocturno. Vio hadas y dragones volando, y otros pájaros que les hacían reverencias a su paso, animales del bosque que se levantaban para caminar sobre dos patas y que abandonaban los árboles para meterse en sus casas, una serpiente sentada en un trono, con mirada amenazante y orgullosa, y un hombre que sostenía un hermoso libro entre sus manos. Y, al final, sobre las páginas del libro apareció una muchacha, de ojos curiosos, sentada a una mesa vieja y leyendo un libro. Se parecía a...

―Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?

Berna se sobresaltó y apartó la mirada del libro para ver quién había hablado a sus espaldas. Sobre la cama adoselada que había tras ella había una serpiente de gran tamaño. Parecía sonreírle burlonamente, mirándola con superioridad a través de los cristales de sus gafas de sol.

¿Una serpiente con gafas de sol? Berna frunció el ceño y se quitó las gafas que habían hecho moverse los dibujos del libro, esperando que aquello fuese también una extraña ilusión, pero la serpiente seguía allí, balanceándose suavemente sobre la colcha de la cama, que ya no estaba raída. De hecho, toda la habitación había cambiado, como si alguien la hubiese limpiado y reformado con sumo cuidado.

―¿Quién eres? ―preguntó Berna, vacilante. Todavía no estaba segura de si realmente aquella serpiente había hablado o de si no sería una idea más sensata salir corriendo antes de que el animal la atacase, pero su espíritu aventurero (el mismo que la había hecho entrar en aquel castillo) le decía que se quedara.

―Que niña más insolente ―dijo, sin lugar a dudas, la serpiente―. Yo soy Arnys, dueño y señor de este lugar, lo que significa ―hizo una pausa maliciosa― que me debes sumisión.

Alzó su cabeza de forma que un rayo de sol consiguió sacarle un destello a sus gafas y mostró sus colmillos en señal de superioridad. Berna se quedó sin saber qué decir y se limitó a seguir mirando a la serpiente con expresión interrogante. Aquello, y una risa grave que provenía de algún rincón de la habitación, parecieron desanimar a la serpiente, que perdió enseguida su postura de dignidad.

Berna se volvió para descubrir quién se había reído y vio a un hombre corpulento que reconoció como una de las imágenes que había visto en el libro. El hombre se acercó a ella y le puso una gran mano sobre su hombro, sonriéndole.

―Perdona a Arnys; desde que le rompieron el corazón no ha vuelto a ser el mismo.

Arnys, que había bajado de la cama, siseó molesto.

―Eso no es algo que le importe a nuestra… nueva invitada.

―¿Nueva invitada? ¿Dónde estoy? ―Preguntó Berna, recordando de pronto que debía ir a la ciudad para buscar trabajo.

Arnys volvió a sonreír, recuperando la confianza. Se había deslizado hasta subir a la mesa donde se hallaba el libro, todavía abierto por la página que había estado mirando Berna.

―¿Es que esto no te da ninguna pista?

Señaló con la cabeza el libro. Berna se inclinó y se vio a sí misma de nuevo, sentada en una vieja habitación, leyendo.

―Estoy… ¿en el libro?

―Se podría decir así ―contestó amablemente el hombre, antes de que la serpiente pudiese decir nada más―. Pero has de saber que este no es un libro normal, Berna ―ella no le preguntó cómo sabía su nombre, sino que se limitó a observarlo mientras se acercaba a la mesa y cogía el libro con sumo cuidado―. Eres la primera persona que ha conseguido abrir la puerta en más de un siglo para entrar en nuestro mundo, un mundo distinto del tuyo y al que, a partir de ahora, tú también perteneces.

―¿Eso quiere decir que no podré volver al mundo real? ¿Me quedaré aquí para siempre? ―inquirió, asustada de pronto. Le daba miedo no volver a ver a su madre, su hermana y sus amigos.

―¿Quién te dice que este mundo no es real? Pero no, no te quedarás aquí si no lo deseas; para salir solo debes dejar de leer ―señaló a la Berna de dentro del libro, que seguía leyendo con las gafas puestas, mientras que la Berna que estaba fuera fruncía el ceño. ¿Cómo demonios iba a hacer que su dibujo dejase de leer? ―. Mientras tanto ―continuó el hombre, acercándose a la puerta de la habitación―, déjame que dé la bienvenida a Jiseria, el mundo donde todo es posible y todos podemos ser lo que queramos ser.

Abrió la puerta y dejó que una ráfaga de viento entrara en la habitación. Olía a magia, aventuras y fantasía. Olía a libertad.

Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

Comentarios

  1. Arnys es un personaje maravilloso, en tan pocas palabras he sentido una empatía inmediata hacia él. Estoy deseando que continúes con estos relatos porque has dejado abiertas las puertas a otro mundo ;).

    Un saludo!!

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