Recuerdo el día que te dejé



Recuerdo el día que te dejé.

Te tenía delante, con un millón de cosas que decir pero ninguna palabra que pudiese expresarlo. Quería contarte tantas cosas… y no pude, no fui capaz. Estabas delante, dispuesta a escucharme, pero en mi mente todo se enredaba. Traté de decir algo, de trazar un principio. Al final, aunque salieron algunas palabras, supe que no serían suficientes, ni para ti ni para mí.

No sabía si alejarme era lo mejor. No sabía si intentarlo y frustrarme cada vez que no podía darte, darme, lo que ambas necesitábamos merecía la pena. El tiempo, por su parte, no hizo excepciones y continuó con su ritmo habitual.

Aquel invierno, en el que parecía que todo podía volver a ser como antes, fue sucedido por una primavera fría. Nos alejamos. Después de una semana en la que de verdad creí que habíamos recuperado nuestra armonía, me alejé. Esa vez sí que fui yo. Igual que esa armonía me hizo tan feliz, cuando noté que nuestra chispa se había desvanecido dije basta.

No era un adiós definitivo, era un hasta luego, un “te esperaré”... un “prometo encontrarme a mí misma”. Por eso fue una primavera fría, porque mis intentos por buscarte disminuyeron prácticamente a cero. Tenía demasiadas cosas en la cabeza e incluso dudé de si lo nuestro era tan para siempre como había creído durante tantos años.

No recuerdo el día que te conocí. No recuerdo la fecha exacta en la que empezó todo. Recuerdo que te escribí un poema, cuatro versos y una rima. Qué sencillo era entonces encontrar la felicidad.

Ahora sé que aunque sea verano nuestra relación no depende de estaciones, ni de fechas, ni de personas. Nuestra relación somos tú y yo. Por eso, después de dos años en los que sentí que me apartaba de ti, en los que me perdí yo misma (y ahí sigo perdida), sé que hay para siempres que existen. Y el nuestro es uno de ellos.

Lo sé porque llevo unas veinte líneas escritas y no las he contado hasta este momento. No me he dedicado a contar los párrafos, las frases o las palabras a medida que avanzaba. Te estoy escribiendo de un tirón, como solía hacer, con una idea en mente y un ordenador delante. Descubrí que lo nuestro era más que escribir 63 páginas en seis días o llevar más de dos años sin ponerle el punto y final a nada.

Lo que tenemos es más sencillo que todas las complicaciones que se interponen entre ambas. Está en mí misma, en encontrarme en cada una de las palabras que redacto sobre ti. No importa si tardo otros dos años en encontrar ese punto y final que se me escapa. Lo importante es no volver a olvidar que lo que nos une es esa calma que cada palabra produce, esa emoción, ese sentimiento, esa forma de escapar del mundo y reencontrarnos con él al mismo tiempo.

Encontrarme contigo nunca debería convertirse en una frustración, aunque muchas veces lo haga. Creo que vale más escribir una página, un párrafo o una línea que me dejen con una sonrisa, que pensar en las cien restantes que quizás no sea capaz de escribir.

Tal vez no soy capaz porque no es el momento, pero por fin tengo algo muy claro: siempre me tendré que enfrentar a una página en blanco, porque las historias y las ideas no van a dejar de fluir en mi interior. Por eso sé que si no puedo continuar (o empezar) ese relato o esa novela o esa extraña narración sin género, tú, mi página en blanco, me estarás esperando en otro documento para que empiece (o intente empezar) con otro relato o simplemente para que plasme mi frustración en ti.

Hay personas que cierran los ojos y escuchan música, o ven paisajes y monumentos, o saborean esa deliciosa comida. Yo creo historias cada vez que cierro los ojos. El 90% de ellas nunca llegas a conocerlas, pero que estén ahí significa que siempre acabaré presentándote a alguna.

No necesitamos más que encontrarnos en cada palabra.



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Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

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