Protectores

La desesperación se palpaba en el ambiente cuando los dos guerreros se enzarzaron en una lucha que prometía ser terrible. Los dos pertenecían a un mismo bando y habían jurado defender a las gentes de su reino, dando su vida si fuese preciso. Por ello, todos los allí presentes lucían expresiones horrorizadas cuando los dos compañeros se enfrentaron. No estaban dando sus vidas para defenderlos, sino que lo hacían por una tonta disputa y, además, fuera cual fuese el resultado, muriese quien muriese, sería una terrible pérdida para todos. El cuerpo del guerrero caído fue rodeado inmediatamente por las gentes del pueblo, que intentaban, en vano, salvarlo. El vencedor se quedó a un lado. No se sentía eufórico, como había pensado, sino arrepentido. Miró la hoja de la espada, cubierta de sangre, y las palmas de las manos, sabiendo, de pronto, que no se recuperaría nunca de aquello. Sin pensarlo más, dio media vuelta y se alejó corriendo de aquel lugar, aunque su recuerdo lo acompañaría...