Diario de cómo alcanzar las estrellas, capítulo 1:

Buenas, queridos lectores :)
Tengo noticias muy especiales: ¡se acerca el cumpleaños de Sindy! Por eso, es a ella a quien dedico esta serie de relatos que he decidido llamar "Diario de cómo alcanzar las estrellas" (ella sabe por qué jeje). Así que espero que los disfrutéis, tanto vosotros como tú, Sindy <3. 
Y una última cosa antes de dar paso al capítulo 1 de esta historia. Sindy me ha dicho que os contase por qué escribo yo esta semana y no ella, que era a quien le tocaba. Básicamente, la he obligado a no escribir :D. ¡¡¡Espero que os guste!!!

Imagen sacada de flashlarevista.com
Apenas acababa de nacer cuando me separaron de mis hermanos. Fue muy caótico; una sacudida, un gran estruendo y, luego, el abismo. Ni siquiera yo sé qué fue lo que ocurrió, solo sé que de pronto me encontré cayendo de la luz pura a la oscuridad perpetua. En un pestañeo, en un suspiro, perdí a mi familia de vista y me tragaron las sombras.


“¿Quién soy yo?”, me pregunté al recobrar la consciencia. Estaba sobre una superficie dura y fría, y solo era capaz de sentir entumecimiento y un gran vacío en mi mente. Quién era, de dónde venía, qué había ocurrido… todas eran preguntas que no tenían respuesta para mí. Me senté, siendo apenas consciente del sonido de pisadas que provenía de un lugar sobre mi cabeza, y me miré las manos frunciendo el ceño; no recordaba haberlas visto antes, a pesar de ser indudablemente mías. Me levanté con un tambaleo y estuve a punto de caerme de nuevo antes de recobrar el equilibrio; sentía mis piernas tan ajenas como mis manos. Miré a mi alrededor para hallarme de pie bajo un puente de piedra. A mis pies, miles de pequeños guijarros, y a mi lado, un río de aguas cristalinas. Podía escuchar gente sobre el puente, pero no había nadie conmigo. Nadie.

El sonido del agua me hizo notar que tenía la garganta completamente seca y, durante un instante, todas las ideas que habían rondado mi mente desaparecieron para dejar paso a una insistente necesidad: beber. Di unos pasos rápidos y tan precarios que hasta el escaso viento que se levantó fue capaz de hacerme perder el equilibrio y caer de rodillas sobre el suelo. A gatas, recorrí la poca distancia que me quedaba y bebí con ganas lo poco que podía recoger con mis manos, una y otra vez, dejando que el agua fresca me renovase por dentro. Suspiré y me quedé allí de rodillas mirando la superficie del río que, de nuevo en calma, me ofrecía el reflejo de un rostro desconocido para mí. Unos ojos dorados me devolvieron la mirada, tan perplejos como yo, y me escrutaron al tiempo que yo lo hacía con la imagen del agua. Era una chica, de facciones suaves y piel muy pálida, casi blanca, y el cabello, largo hasta la cintura, de tonalidades rojizas. “Yo”, me dije, intentando familiarizarme con mi propio reflejo.

El relincho de un caballo a lo lejos me sobresaltó, tanto que estuve a punto de caerme al río. Miré a mi alrededor, sin ver a nadie, y caminé hasta la base del puente para poder asomarme apoyándome en la piedra húmeda y descubrir en qué clase de mundo vivía. Vi un pequeño pueblo a unos metros de distancia, de casas de piedra con vigas de madera, humildes y pintorescas. Un camino de tierra, que serpenteaba hasta el puente, separaba una franja y otra de casas. Por él paseaba gente vestida con unos ropajes que me resultaron extraños: vestidos hasta el suelo que levantaban polvo al caminar, largas capas y sombreros de alas anchas. Me miré y descubrí que yo no llevaba nada de eso.

― Pararemos aquí un momento. Maldita rueda… ― dijo una voz más cerca de lo que me esperaba.

Con un sobresalto, volví a esconderme detrás de la base del puente, antes de calmarme y volver a asomarme, esta vez con más cuidado. La voz provenía de un hombre que, sentado al borde del puente, de espaldas a mí, se quejaba, de muy mal humor y en voz baja. Su única compañía era un caballo, con un carro sujeto a él que tenía una rueda rota. El animal miraba a su dueño casi con indiferencia, en silencio, como si aquella situación no fuese nueva para él.

― Y encima hace calor… ― se quejó otra vez el hombre, hablando con su caballo.

Se quitó la capa y la dejó sobre el borde del puente, a su lado. Una idea cruzó mi mente y, comprobando si alguien podía verme, salí de mi escondite y me acerqué al lugar donde estaba el hombre. Solo el caballo se percató de mí y me miró con curiosidad mientras alargaba la mano y me hacía con la capa de aquel desconocido. Le hice un gesto para que permaneciese en silencio, y el animal así lo hizo. Me pasé la capa sobre los hombros y me tapé con ella como pude antes de irme, sigilosamente, en dirección al pueblo. Todavía pude escuchar los improperios del hombre a mis espaldas cuando se percató de que su capa había desaparecido.

Me mezclé con la gente que iba y venía por el camino, mirando fascinada a mi alrededor. Pequeños puestos de víveres y artesanía en cada rincón, niños corriendo y jugando, juglares que llenaban la calle de música… Todo me parecía perfecto. Al menos, hasta que un desgraciado hecho me devolvió a la realidad.

Tan ensimismada estaba observando todo lo que me rodeaba que no vi a dónde me dirigían mis pasos y terminé chocando con una mujer que compraba en uno de los puestos de mercado.

― Lo siento... ― me disculpé apresuradamente, interrumpiéndome cuando la señora se volvió y me miró con aquella expresión de desprecio que nunca olvidaré.

― No me toques, ¡muerta de hambre!, ¡ladrona! No pienso darte nada, así que ya te estás yendo por donde has venido.

Quise contestarle, decirle que yo no era ninguna ladrona, que no lo había hecho a propósito, pero las palabras se negaron a salir de mis labios y solo pude correr hasta encontrarme bien lejos de aquella mujer. Casi sin darme cuenta, mis ojos se habían llenado de lágrimas y lo que antes había sido alegre fascinación, se convirtió de pronto en intimidación, porque, a partir de aquel momento, no podía dejar de sentir las miradas de desprecio que me dirigían, todos y cada uno de los que pasaban a mi lado.

La noche llegó antes de lo que tenía previsto, sorprendiéndome sin un lugar en el que dormir. El calor que el sol me había regalado durante el día se había esfumado con la fría oscuridad, y una simple capa no era suficiente para mantenerme caliente. Intentando olvidar lo acontecido con la señora, me dispuse a encontrar un lugar donde dormir. Lo único que recibí: puertas cerradas y palabras hostiles. Sin ninguna otra opción, me acurruqué en un rincón apartado, sin nadie que pudiera volver a despreciarme, y miré el cielo. Una extraña nostalgia afloró dentro de mí, sintiendo más familiar el tenue brillo de las estrellas que aquella dura calle en la que había acabado. Rodó una lágrima por mi mejilla y cerré los ojos. La oscuridad se abría paso en mi interior y consumía cualquier resto de luz que pudiese quedar. No estaba hecha para aquello, para soportar tantas tinieblas; no podría soportarlo. Quise gritar, pero incluso mi voz había desaparecido. Me desvanecía sin remedio en un mar de intensas sombras, sin nadie que pudiese socorrerme y devolverme mi luz.

“Tranquila, no estás sola”, susurró una dulce voz, a la vez cerca y lejos de mí.

Abrí los ojos y me encontré de nuevo sola en la calle. Un sueño, pensé. Alcé la vista al firmamento y fruncí el ceño al reparar en una curiosa estrella que no había visto antes. Era luminosa como sus hermanas, pero su brillo era especial, de tonos rosáceos y destellos de fina plata.

― ¿Quién eres? ― Susurré, sintiéndome rara al hablarle a una estrella.

“No te preocupes; pronto nos conoceremos”, me respondió ella. Casi pude notar como me sonreía, desde el cielo nocturno que, de pronto, pareció más cálido que antes.

Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

Comentarios

  1. Sin palabras, con un millón de ideas para escribir y mil estrellas en el corazón.
    ¡¡Gracias Rush por escribir historias como esta!!

    Un saludo!!

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    Respuestas
    1. Me alegro de que te haya gustado :) (al fin y al cabo, formaba parte de tu regalo de cumple jeje, aunque la idea haya evolucionado hacia otro camino).

      Biquiños!!

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