30 de noviembre de 2015

La gema (parte 1)


El bosque amaneció en silencio, llenándose poco a poco de vida, como llevaba haciendo desde el inicio de los tiempos. En una época remota, la paz de aquel mundo se vio alterada por la aparición de una extraña piedra, del tamaño de una caracola y de un tono entre rosa y morado, imposible de hallar en la naturaleza. Nadie sabe el origen de esa piedra, ni a qué se debía ese tono tan peculiar. Tampoco importaba. “Solo es una piedra”, pensaban.
Pero, con el paso de los días, en algunas personas comenzó a ejercer un extraño efecto. Fueron apareciendo paulatinamente anomalías en la piel de algunas personas. Primero, solo eran marcas en la piel, que aumentaban poco a poco de tamaño. Sin embargo, tiempo después, la misteriosa gema afectaba a sus personalidades.
Los afectados se volvían extremadamente violentos, y defendían la gema antes que su propia vida y la vida de sus seres queridos. Aparentemente, la piedra afectaba sin ningún criterio: podía cambiar a algunos miembros de una familia y no a otros, no influían tampoco los núcleos de población. El poder que ejercía la gema sirvió para poner a algunos en contra de otros, rompía familias, amistades y, pronto, se dividió la población en dos bandos: uno de ellos, los que habían sido afectados, defendían la gema incansablemente; los otros, los que permanecían ajenos al poder del objeto, buscaban destruirlo y devolver a los demás a su estado original. Así, se desencadenó una lucha entre las dos partes, una lucha que todavía dura hasta los días presentes.

El crujido de una rama tras ella hizo que la joven volviera la vista atrás, tan solo unas milésimas de segundo, antes de acelerar el paso. El sudor le empapaba la frente y la espalda, y no supo decir si era por la carrera o por el miedo que la atenazaba. El bajo de su vestido, a la altura de los tobillos, se enganchó en una de las ramas de un árbol caído, rasgándose cuando la muchacha siguió corriendo.
Tenía la sensación de que la observaban desde algún lugar; podía sentir cientos de ojos clavados en ella desde las sombras. Trató de ignorarlo. El corazón le latía tan deprisa que parecía que quisiera huir él también, dejarla sola ante el peligro que la amenazaba.
No supo decir durante cuánto tiempo más estuvo corriendo cuando vislumbró la esperanza en la pequeña casita de piedra que estaba ante ella. Había llegado a un minúsculo claro en el bosque, donde la hermosa cabaña la incitaba a entrar. No necesitó pensárselo dos veces: era o entrar o padecer una muerte segura.
Una bandada de pájaros abandonó de pronto la calidez de la espesura. Seguramente estaban cerca, debía darse prisa. Se aproximó a la puerta, decorada con finos y elegantes trazos en la madera, y la golpeó tres veces con la aldaba.
A sus llamadas acudió una señora de rostro afable, que la escudriñó desde la puerta. Sus ojos pequeños, ocultos tras las finas gafas de montura dorada, la recorrieron de arriba abajo. La joven notó el rubor acudiendo a sus mejillas al percatarse de su aspecto desaliñado: portaba un fino vestido blanco (o, al menos, era blanco antes de cubrirse de barro), sin ningún tipo de adorno, que caía suavemente hasta los tobillos, y que se había rasgado en algunos lugares; sus cabellos negros, habitualmente lisos, descansaban sobre sus hombros formando una maraña de nudos, decorados con alguna hoja. A pesar de su aspecto, trató de sonreír.
Miró nerviosamente por la pequeña ventana. La noche se había cernido sobre el bosque y, aparentemente, no había ni rastro de sus perseguidores. Por primera vez en dos meses, se permitió soltar un suspiro de alivio.
Aquella mujer, de unos setenta años, la había acogido en su cabaña sin hacerle ni una pregunta; seguramente había dado por supuesto que se había perdido en el bosque, aunque, en cierto sentido, así era. Simplemente se había limitado a hacerla pasar y a ofrecerle una habitación y un baño. En aquel momento, aseada y relajada, solo pudo sentarse frente a la ventana de su cuarto y mirar las estrellas, hasta que el agotamiento de esos días la obligó a dormir.
Los tenues rayos de sol se colaban por la ventana abierta cuando un delicioso aroma despertó a la muchacha. Se desperezó y se incorporó en la cama, mirando la habitación en la que se había despertado, momentáneamente desorientada. Era un pequeño cuarto, que parecía propio de una niña de siete años, pero era acogedor.
En el piso inferior, la mujer que tan amablemente la había acogido en su casa estaba cocinando el desayuno.
Buenos días la saludó con una amplia sonrisa desde los fogones.
Buenos días contestó la muchacha, de buen humor.
Desde hacía dos meses, no había dormido tan profundamente. Cada mínimo sonido la despertaba, la ponía alerta. Aquella noche había descansado más que en las últimas semanas, y se sentía con fuerzas suficientes para continuar su viaje.
De pronto, el temor comenzó a aflorar en su interior. Asegurándose de que la mujer no pudiese verla, se llevó la mano al brazo, cerca del hombro, y comprobó con alivio que su brazalete continuaba en su lugar. Dos meses antes, le habían encomendado que lo protegiese en un viaje a través del bosque. Era un brazalete de oro, con una extraña gema incrustada en él, de un singular color que nunca había visto. No sabía qué poderes poseía, pero parecía un objeto poderoso y terrorífico, y la joven había notado el miedo en sus compañeros cuando estos lo observaban. Lo único que sabía de ella era el efecto que tenía en muchas personas. Esa gema podía cambiarlos. Lo había comprobado de primera mano cuando, en aquel mismo bosque, días antes, su compañero había comenzado a cambiar, transformándose en un horrible monstruo.
¿Tienes hambre, querida? Preguntó la señora, sacando a la joven de su ensimismamiento.
Si contestó ella, embriagada por el sabroso olor que llenaba la cocina, olvidándose de la piedra.
Se volvió hacia la mujer, con una sonrisa en el rostro. Sin embargo, la sonrisa se esfumó de inmediato al comprobar que el rostro de la propietaria de la cabaña estaba marcado con unas finas marcas en la mejilla, ligeramente curvadas e hinchadas.
Varias semanas después, amaneció en el espeso bosque. Un grito llenó el pequeño claro  donde se hallaba la cabaña. En el interior, la joven corrió escaleras arriba, escuchando el eco de pasos escalones más abajo. Entró apresuradamente en su habitación, cerró la puerta dando un portazo, echó el pestillo y la atrancó con una silla de madera. Poco después, alguien golpeó fuertemente la puerta, intentando echarla abajo.
La gema había cambiado mucho más a la mujer de rostro afable de lo que la muchacha habría creído posible. Nada quedaba ya de su sonrisa, sus ojos alegres y su duce expresión maternal. De ella solo quedaba un monstruo.
La joven estaba más decidida que nunca a terminar su misión, a entregar aquel extraño objeto que también había transformado a su compañero de viaje. Él la había estado persiguiendo incesantemente por el bosque, hasta que se había refugiado en aquella cabaña. Ahora, debía decidirse a abandonar su refugio. Era posible que su compañero continuase morando en la espesura, entre la vegetación, pero estaba claro que no podría permanecer allí más tiempo.
Un nuevo golpe en la puerta casi consigue romperla y la joven tomó una decisión. Cuando el monstruo que antes había sido una amable anciana echó la puerta abajo, la habitación estaba vacía.
La muchacha corría de nuevo por el bosque, huyendo del peligro y, al mismo tiempo, dirigiéndose a él.

Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...
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1 comentario:

  1. Me alegro de que al final hayas puesto esos párrafos al principio y no en el medio, ahora la historia me gusta mucho más.
    Un saludo!

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