¡Regreso a Tardes de Fantasía!





Todo empezó con un blog. Con este blog.
Empezó de repente, o quizás no, tal vez simplemente empezó. Y ahora ya no hay forma de pararlo. No hay forma de destruir la imaginación ni nuestras tardes de fantasía. Por eso este tiempo de ausencia solo ha sido un breve letargo que poco será recordado.
Hemos vuelto.
Para quedarnos.
¡Bienvenid@s a Tardes de Fantasía!


Y hemos vuelto en una noche muy especial, conocida como Halloween en el mundo entero, a la que aquí en nuestra tierra llamamos Samaín. Y así empieza noviembre, el mes de las brujas y los espíritus, un mes para imaginar y escribir, un mes para ser nosotras mismas y no ocultar nuestra naturaleza de brujas ;).
Os dejamos con un relato para celebrar nuestro regreso y esta noche de brujas y magia.





(Podéis pausar la música durante la lectura, es tan solo nuestra música épica de regreso)
(Parte de esta historia está inspirada en esta imagen que no hemos podido incluir por derechos de autor).

Noches de Halloween

Lluvia. Frío. Siempre igual.
Pumpin se sentó en la acera, intentando disimular su tristeza. Siempre era lo mismo, esa única noche del año en la que podía salir tal y como era, sin temor a que los humanos lo juzgasen por su cabeza de calabaza… Esa noche en la que podía fingir ser uno de ellos… Esa misma noche, como siempre, lo habían echado de todas las casas y todas las fiestas. Había recopilado caramelos todo el año para poder juntarse con los niños, se los había ido cogiendo con disimulo a la señora Miller, pero ahora lo rechazaban por ser demasiado alto y demasiado raro.
Sentado en la acera, con la noche sobre él y una casa en la que la música y la diversión se escapaban por las ventanas, Pumpin estaba triste. Robarle caramelos a la anciana que le había dado un lugar en el que vivir, un lugar sobre el que reposar fingiendo ser una calabaza normal, ¿en qué se había convertido? En esclavo de sus sueños, sin duda. Tanto deseaba poder cantar y bailar ante los humanos, hablar con ellos, ser uno de ellos, que ya no se reconocía.
Miró sus manos hechas de hojas y raíces, ocultas por unas que imitaban a las humanas. Miró a la noche y dijo basta. Porque era una calabaza y adoraba bailar y transmitir felicidad. Basta porque aunque nadie lo creyese, dentro de él latía un corazón. Si los humanos no le hacían caso, cantaría a la noche, o a las castañas, de las que había aprendido que no eran grandes conversadoras. Pero, desde luego, si esa era la única noche en la que lo mirarían raro sin llegar a llamarlo monstruo, esa noche brillaría.
Pumpin, la calabaza con traje y cantarina, la calabaza que llevaría la alegría a todos los seres que eran como él: seres de la noche y de la magia. Ese era Pumpin.



Villancico se levantó como cada noche de Halloween: enfadada por la vida que le había tocado. Caminaba sola, bajo el frío que no podía notar, y evitaba mirarse reflejada en las ventanas de las casas para no horrorizarse con su propia sonrisa dentada.
No había nevado, tan solo hacía un frío molesto y nada divertido, y las luces que adornaban las casas del vecindario eran tan tétricas como los ojos mismos de Villancico. Había escuchado historias de épocas blancas y árboles con luces y colores, pero nunca había podido vivirlas ella misma. Lo único que podía hacer para intentar rebelarse contra aquella noche nefasta era llevar su preciado sombrero rojo de Navidad.
Así, Villancico caminaba con la cabeza alta, digna y orgullosa de sí misma. Poco le importaban a ella los comentarios de la gente, o la forma tan poco discreta que tenían de señalarla con el dedo a su paso. O, al menos, quería creer que no le importaba, pero la noche todavía era joven cuando Villancico estalló por primera vez.
―¿Se puede saber qué estáis mirando? ¿Acaso tengo murciélagos en la cara? ―Gritó, sin poder contenerse.
Por supuesto, los niños que la habían estado mirando se fueron corriendo en la dirección opuesta, y Villancico pasó de recibir miradas curiosas a miradas aterradas. Así estaba mejor, se dijo. De todas formas, ¿qué iban a entender ellos?


—¿Villancico? ¿Eres tú?
―Lo que me faltaba ―murmuró ella, en una voz no muy baja.
Pumpin sonrió.
—Parece que este no es nuestro año —dijo con resignación.
―Nunca lo es, Pumpin ―suspiró―. De todas formas, ya me iba.
—Yo también, pero he tenido una idea, hermanita.
La sonrisa de Pumpin se ensanchó.
―¿Qué idea? ―preguntó Villancico, mirando a su hermano con desconfianza.
Pumpin la cogió del brazo y la llevó corriendo por las calles decoradas con calabazas inertes que poco tenían que ver con ellas.
―¿Qué narices estás haciendo? ¡Suéltame de una vez!
—¡Nunca! —exclamó con una carcajada.
Se alejaron del centro del pueblo y llegaron a una oscura casa que Pumpin conocía muy bien.
—Creo que es hora de que la señora Miller se divierta un poco, ¿qué te parece montar nuestra propia fiesta?
―¿Una fiesta? ―puso cara de asco mientras hablaba―. Pumpin, cuando te decía que “ya me iba” me refería a que esto de Halloween ha muerto para mí. Paso de más fiestas.
—¿Y si fuese… una fiesta de Navidad? —añadió despacio.
Villancico, que se había separado de su hermano y ya se alejaba de él, se detuvo en seco sin poder evitarlo.
―¿Lo dices en serio…?
Pumpin se acercó a ella y le pasó un brazo tras la fina espalda.
—Nunca te mentiría con esto. Tenemos las luces en el trastero y… ¡es una fiesta! ¡Así que podré bailar por fin!
―Claro, tú siempre obsesionado con bailar —dijo, por una vez, de buen humor de verdad.
—Bien, ¡a triunfar!
Pumpin y Villancico se sonrieron, chocaron sus manos enraizadas y entraron. No tardaron en preparar la mejor y más extraña fiesta de Halloween, con adornos navideños, un karaoke, luces de colores y una grandísima pista de baile y patinaje en el centro de la sala.
―¡Todo listo! ―exclamó Pumpin.
Mientras Villancico acababa de colocar una gran estrella en la copa del árbol de Navidad, Pumpin se acercó con paso saltarín al equipo de música y lo encendió. Enseguida, la sala se llenó con aquella ruidosa canción.
―Esperemos que no le dé algo a la señora Miller ―gritó Villancico para hacerse oír sobre el estruendo de la música.
―Que va; no te preocupes.
Apenas había acabado de decirlo cuando escucharon una exclamación desde el marco de la puerta, desde donde los miraba la señora Miller, todavía en camisón y con rulos en el pelo.
―¿Se puede saber qué es esto?
―Una… fiesta ―dijeron las hermanas calabazas, mirándose los pies.
La anciana entrecerró un momento los ojos; era imposible descifrar lo que pasaba por su mente.
―Ah, ¿sí? ¿A esto lo llamáis “fiesta”? ―sonrió de pronto, y toda severidad desapareció de sus ojos―. Os enseñaré cómo es una fiesta de verdad.
Subió el volumen de la música y así, en camisón, comenzó a bailar. Entre los tres, aquella pista de baile inmensa parecía pequeña, y aquella noche de Halloween significó para ellos algo distinto: el cumplir un sueño. Vivir como se quiere, ser como se quiere y no tener que ocultarlo es ser realmente libre.



Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

Comentarios

  1. ¡Hola!
    Ya te extrañaba, me alegra muchísimo que hayas regresado y con un relato tan ameno y rápido de leer; me encanta tu estilo. La última parte "Vivir como se quiere..." es realmente preciosa.
    Nos estaremos viendo por aquí.

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Sandra! Eres un amor!! Muchísimas gracias por pasarte por aquí y dedicarle unos minutitos a nuestras palabras, estoy deseando leerte a ti también. Sé siempre bienvenida a las Tierras de la Fantasía.

      Un besazo!!

      Eliminar

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