Como un rayo que corta el cielo...

¡Muy buenas! Después de unos meses, creo que llegó la hora de continuar el mito de Izanami e Izanagi con la historia de sus hijos. Y, como siempre, os traigo estos fragmentos de la mitología de diferentes lugares del mundo con su historia original... narrada a mi manera :). Espero que la disfrutéis.



Ira, odio, dolor.
Fue lo primero que recuerdo sentir.
Imagen sacada de Le fatras folklorique

Nací de ninguna parte, como también lo hicieron mis dos hermanos. Un torbellino de caos me envolvió para llevarme a un mundo al que no pertenecía, un lugar que me rechazó desde el primer momento. ¿Por qué fui creado? Ni siquiera yo lo sé.

Por supuesto, conozco la historia, la historia de mis padres y, por lo tanto, la mía propia, pero la única respuesta que pude encontrar es todavía peor que la ignorancia: surgí de un sentimiento. A simple vista, puede parecer algo hermoso, y en algunos casos lo es, porque a veces creo que el amor y los bellos recuerdos fueron los que crearon a mis hermanos. Pero para mí eso solo significa que lo que me creó a mí fue el dolor.

Mi nombre es Susanoo, dios del mar y de la tempestad. Podría decirse que soy fruto del amor roto de mis padres, Izanagi e Izanami, y que mis hermanos, Tsukiyomi, dios de la Luna, y Amaterasu, diosa del Sol, jamás fueron capaces de comprenderme. Al fin y al cabo, ¿qué puede significar la ira para alguien que vive perdido en las estrellas? Yo, por otra parte, causo las tormentas, los rayos y las mareas. Entiendo qué es la ira, aunque no pueda controlarla. Y ni siquiera el tiempo evita que me deje llevar por ella, que con cada nuevo arrebato un relámpago cruce el cielo y rompa la tierra, como un mínimo reflejo del dolor que intento ocultar a ojos de los demás. Cada trueno es el grito que muere en mis labios, un alarido de la agonía que es la soledad.








Siempre supe que yo era el menos favorito de mi padre. Podía verlo cuando miraba a Tsukiyomi y a Amaterasu con orgullo, pero sobre todo lo veía cuando me miraba a mí. A veces me pregunto si mi vida no sería más feliz si viviese con mi madre; quizás ella sí podría entenderme. Y, por supuesto, decírselo a mi padre no fue lo mejor que pude hacer. Se enfureció y amenazó con desterrarme antes de decirme que desapareciese de su vista.

“Seguro que todos estarían encantados si llegase a desterrarme”, pensé, y apreté los puños sobre mi regazo.

Una melodía cantarina rompió el hilo de mis pensamientos como un rayo corta el cielo. Alcé la vista para ver cómo mi hermana Amaterasu volvía a iluminar las tinieblas del mundo con su radiante felicidad. Caminaba casi danzando con movimientos gráciles al otro lado de la plaza, pero su luz no pasaba nunca desapercibida.

“¿Por qué siempre tiene que ser tan perfecta? Ella sería la primera en alegrarse si me pierde de vista, lo sé”.

Estoy acostumbrado a reprimir esa clase de sentimientos, la ira, la envidia, el resentimiento, pero en aquel momento, después de la conversación con mi padre, simplemente me harté. Me puse en pie de un salto y seguí a Amaterasu lejos de aquel lugar, con cuidadoso sigilo. Cuando estuvimos a solas, resguardados de miradas indiscretas, me mostré ante ella.

― Amaterasu ― la llamé.

Mi hermana se detuvo en seco y la melodía que había estado entonando murió ahogada por un gesto serio. Fue muy rápida; se volvió, llevó una mano al arco que sujetaba a su espalda y en menos de un suspiro me apuntaba con una flecha.

Reprimí una sonrisa. Amaterasu nunca fue tonta ni nunca se dejó engañar por mí, pero yo ya había previsto aquello y sabía qué decir.

― ¿Qué es lo que quieres? ― Preguntó. Una sombra amenazadora surgió de su voz y nubló la luz que emanaba.

― No nos llevamos bien, eso es evidente ― mi mirada se detuvo en el arco de mi hermana― ; tú no te fías de mí, me odias y, en cierto sentido, temes lo que sea capaz de hacer, y yo te detesto y te envidio al mismo tiempo. Así que vengo a proponerte algo que quizá te interese.

Amaterasu no cambió la expresión de su rostro, pero la cuerda de su arco se destensó un tanto.

― Habla ― me dijo, desconfiada.

― Enfrentémonos, tú y yo, aquí y ahora, en un duelo: el que sea capaz de crear más dioses menores, gana.

Mi hermana lo meditó un momento, bajó el arco y asintió. A continuación, tendió una mano hacia mí y me pidió mi espada. La desenfundé y se la di, intrigado. Amaterasu volvió a entonar su canción mientras rompía el acero en tres pedazos. De cada uno de ellos nació un nuevo dios, pacífico y amable como su creadora.
No quise ser menos y pedí sus collares de cuentas, de los que hice nacer cinco dioses, llenos de la misma ira que me consumía por dentro. Sonreí, satisfecho.

― Cinco contra tres; he ganado.

Amaterasu soltó una risa cantarina y negó con la cabeza.

― La espada es tuya y los collares son míos. Eso quiere decir que tres son tus dioses y cinco son los que he creado yo, ya que nacieron de lo que es mío, hermano.

― ¿Qué? Eso no tiene sentido ― ella no respondió. Sentí que de nuevo me invadía la ira y apreté los puños― . ¿Así que quieres jugar sucio? Bien; yo también sé jugar sucio.

Me di la vuelta y me fui, sintiendo como otra tormenta volvía a atenazar el mundo por mi culpa.


Pasaron los días y yo seguía alimentándome en mi odio. Veía a mi hermana todos los días y un nuevo rayo cortaba el cielo en alguna parte de la creación. Hasta que decidí actuar.

El caballo celestial, que vive en el mundo divino con todos los dioses, bebía de una fuente de aguas cristalinas muy cerca de mí. Todos los dioses, y en especial Amaterasu, parecían tener especial predilección por él, así que no lo pensé dos veces antes de acercarme a él y cortar su bonito cuello con mi espada. Cogí la cabeza que yacía en el suelo por la crin. Finas gotas de un intenso escarlata manchaban su pelaje perlado, y también ensuciaron mis manos cuando se entrelazaron en él, pero no me importó.

Mis pasos me guiaron, casi sin pensar en ello, a la habitación de mi hermana, donde solía retirarse a descansar mientras las sirvientas realizaban labores de costura. Abrí la puerta de golpe y tiré la cabeza degollada del animal en el centro del cuarto. Las doncellas gritaron, y una de ellas desfalleció de espanto y perdió la vida, consumida por el horror de aquella imagen. Amaterasu no gritó, solo me miró con los ojos de quien tiene ante sí un monstruo. Y probablemente así era.

Me acerqué a ella, pero no fui capaz de decir nada. El desprecio que siempre había mostrado ante mí se había convertido en miedo. Alcé una mano para tocarle el rostro, pero Amaterasu se apartó de mí, salió corriendo de la habitación sin decir una palabra y se escondió para siempre en lo más profundo de una cueva, donde ningún rayo de luz puede entrar… o salir.

Así fue como el Sol, sin su diosa, le dio la espalda al mundo y lo sumió en la más absoluta oscuridad, que para muchos sería eterna.
Imagen sacada de Taringa!


No tardé en pagar por semejante afrenta. Tuve que vérmelas con los ochocientos dioses, que se habían reunido para juzgarme y condenarme. Y mi pena fue el exilio.



Continuará...
Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

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