El Camino del Destino 1/2

Ante él empezaba el camino. Era un sendero de arena que se perdía en las profundidades del bosque. Dar un paso adelante significaba retar a las leyendas, descubrir el verdadero secreto de aquel camino del que pocos se atrevían a hablar. Tomás dio el paso y ya no se detuvo. La sombra de los árboles lo cubrió y su viaje empezó.

Pasaron varios días y no encontró a los espeluznantes monstruos que impedían regresar a los viajeros. Fue el batir de alas de un búho lo que lo asustó. Pero enseguida se echó a reír al ver al animal en la rama de un árbol. El ave, al contrario, parecía ofendida por la risa del joven; su oscura mirada transmitía una profunda desesperación.
El viento empezó a soplar con fuerza y el muchacho se detuvo. El búho voló de nuevo, como si el viento no lo afectara, y tras él flotaron las hojas de un árbol. Estas se movieron furiosas tras el ave y captaron la atención de Tomás. Primero formaron la temblante figura de una "v", después de una "u", una "e", una "l", una "v" y una "e".
A Tomás no le gustó el mensaje que había traído el viento y echó a caminar. Pero las hojas se mantuvieron en el aire e insistieron en formar esas letras. Se repitieron con tanta urgencia que el único pensamiento que quedó en la mente de Tomás fue "vuelve". Las hojas acabaron cayendo y con ellas se fue todo pensamiento de regreso. Porque para Tomás, volver a esas alturas significaba el fracaso.
La suya no había sido una despedida demasiado bonita. Todos en el pueblo lo habían creído loco por querer llegar al final de aquel camino. Su madre le había suplicado que se quedara, su padre le había gritado para hacerlo entrar en razón. Eran recuerdos demasiado dolorosos como para querer revivirlos. Si volvía con las manos vacías, no sería quien de mirar a los ojos a aquellos que tanto quería; para Tomás ya nada volvería a ser lo mismo.
Su viaje prosiguió sin incidentes durante algunos días más, pero esta vez fue el propio camino el que lo detuvo. Sobre la arena empezó a dibujarse un mensaje: "aún estás a tiempo de re...". Tomás, molesto, no dejó que la última palabra se escribiera. No iba a regresar hasta llegar al final del camino.

Desde la primera vez que escuchó hablar del Camino del Destino, su más anhelado deseo fue recorrerlo y descubrir lo que la vida le tenía preparado. Porque, según las leyendas, al final del camino esperaba una persona con la habilidad de ver el pasado y el futuro, e incluso de cambiarlos. Cualquiera que llegase hasta ella tenía derecho a preguntarle por su destino y modificarlo. Tomás siempre había querido conseguir una gran hazaña y cada paso que avanzaba en aquel sendero del bosque, era un paso más cerca de su destino.
También las leyendas hablaban de terribles monstruos y castigos fatales para aquellos que recorrían el camino. Pero a medida que el tiempo pasaba, Tomás estaba más convencido de que si los viajeros no regresaban, era por otro motivo.
El viento volvió a soplar con fuerza unos días después y Tomás ya esperaba un nuevo mensaje para intentar disuadirlo de su aventura. No se equivocaba, solo que las palabras que escuchó estuvieron a punto de conseguir su objetivo.
«Vuelve con Amanda, no la dejes sola».
Era una voz inhumana, extraña y fría; era la voz del viento. El joven se estremeció al escuchar el nombre de su amada. No sabía cómo el viento conocía a Amanda, pero su mención fue suficiente para que Tomás explotase.
—¡No te atrevas a pronunciar su nombre! ¡Por ella estoy aquí y por ella llegaré hasta el final!
Y, desafiando al viento, continuó su camino.
Quería conseguir lo que nadie había logrado, quería conocer a esa persona capaz de cambiar su destino, esa era su gran hazaña. Pero, además, quería borrar un recuerdo que lo atormentaba, quería devolverle a Amanda toda la luz que merecía.
Dos años atrás, un terrible incendio había destruido parte del pueblo y había matado a muchas personas; entre ellas, al hermano de Amanda. Ella tampoco se había salvado por completo, el fuego le marcó la mitad de la cara. Tomás no había podido hacer nada para apartarla de todo aquel sufrimiento y aunque ella lo quería y no lo culpaba de nada, él nunca se había perdonado.
Amanda tampoco estaba de acuerdo con que Tomás emprendiese aquel absurdo viaje, pero lo dejó ir porque sabía lo importante que era para él. Tomás no le había contado sus verdaderos motivos porque sabía que entonces ella sí que lo frenaría.
Tras el tercer mensaje, no hubo ninguno más. No aparecieron monstruos, no tuvo que superar obstáculos, nada lo detuvo. El camino continuaba igual, un sendero de arena bordeado por los árboles de un bosque interminable.
Aquel camino se convirtió en la vida de Tomás, vivía para caminar y todo lo que una vez había sido quedó muy atrás, en un comienzo del sendero que le costaba recordar.
Un día, llegó al final. El camino acababa en un gran precipicio con un marco de oro pocos pasos antes. El interior del marco se iluminó y Tomás, maravillado, presenció la aparición de un anciano. Se emocionó porque por fin podía conocer al hombre del destino; no estaba loco como todos creían. Se trataba de un hombre muy desmejorado y con expresión seria.
—¿Es usted... el hombre del destino?
Tomás necesitaba oírlo de su boca, pero el hombre no respondió y le mostró una mirada rencorosa. Aquel gesto desconcertó a Tomás. A lo mejor era el primero en llegar hasta él y al hombre del destino no le hacía gracia tener que prestar sus servicios. Pero Tomás había llegado y tenía derecho a tales privilegios.
—Quiero cambiar mi destino —exigió. 
El hombre lo pensó unos instantes y, finalmente, asintió con un gesto de derrota. Tomás, más extrañado todavía, se colocó frente al marco para ver lo que el anciano tenía para mostrarle. El hombre desapareció y en su lugar apareció un pueblo. Tomás tardó en reconocer su pueblo, hacía demasiado tiempo que no lo veía, pero además estaba bastante cambiado.
Esperaba encontrarse con la escena del incendio, para cambiarla con sus propias manos, no con unos niños jugando. Decidió contemplar hasta el final lo que el hombre le quería enseñar antes de protestar que eso no era lo que había ido a buscar. Entonces apareció una mujer imposible de olvidar, Amanda. Tomás acercó los dedos a la imagen, pero solo tocó cristal.
Amanda estaba más mayor, ya era una mujer hecha y derecha, y jugaba con los niños; unos niños que se parecían mucho a ella. Y después apareció un hombre y se unió al juego y besó a Amanda... Tomás no podía creer lo que veía.
—¿Qué significa esto? —exigió.
La escena desapareció y el hombre volvió a aparecer, solo que ahora ya no era el hombre de antes. Tomás posó la mano sobre el cristal al mismo tiempo que lo hacía el hombre de su interior y ambos se miraron. Aquel era él y la escena anterior la vida que había perdido.

*He decidido dividir la historia en dos partes porque de algún modo, la historia podría terminar aquí. En realidad el relato completo serían las dos partes, pero al reescribirlo aquí me he dado cuenta de que podía terminar perfectamente con este final.

Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

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