Mi hermosa luz

Aquella tarde en la que te conocí, cambiaste mi vida. Al principio te ignoré, hice como si no existieses, pero algo en ti llamó mi atención. Me acerqué, con grandes dudas, y descubrí que tú eras capaz de hacerme sentir seguro.
Me enseñaste el valor de una sonrisa, la alegría de una mirada y el calor de la esperanza. Yo, un simple observador de la vida apenas interesado en vivirla, descubrí gracias a ti los colores del mundo. Aprendí a apreciar esos pequeños detalles que en otro tiempo menospreciaba. Me atreví a admirar a la gente y a tener ilusiones.
Me ayudaste a comprender quién era y quién quería ser. No te necesitaba más que a ti para ser feliz.

En aquella tarde te conocí, pero fue en otra, más oscura y temible, en la que te perdí. Gracias a ti me sentía completo, me habías dado el valor para rodearme de gente que me quería; yo también los quería a ellos. Por eso empezaba a pasar más tiempo a su lado, sin darme cuenta de que era tiempo que no pasaba contigo. Temí que la soledad te hiciese daño, pero tú me decías que no me preocupara, que verme sonreír era suficiente para ti.
Seguías conmigo en esos momentos importantes de mi vida, pero hubo otros que empezaste a perder. Me molestaba que no te importara, porque a veces parecía que no querías estar conmigo. Yo me enfadaba, no contigo porque tú me lo habías dado todo, sino conmigo mismo que no era capaz de darte nada.
A veces me acercaba a la ventana, por la noche, y admiraba las estrellas, recordando que había sido contigo cuando por primera vez aprecié su belleza. Cuando había luna, pensaba en ti y recitaba aquellas citas y palabras que tanto nos gustaban a los dos. Sonidos que deseaba que llegasen a ti, pero que se olvidaban en el silencio de la noche.
Fue una tarde en la que te perdí. Esa semana no nos habíamos visto, había estado demasiado ocupado con aquella agradable gente que me rodeaba y me necesitaba. Tú también me necesitabas y no lo supe ver a tiempo. Vi el cielo gris cubrir la ciudad, vi la lluvia caer, pero no fue hasta ver aquel rayo que pensé en ti. Y recordé que ese día teníamos planeado quedar, que me esperarías junto a mi casa, apoyada en la ventana abierta que había dejado para ti.
Eché a correr. No di ninguna clase de explicación, no miré atrás, corrí bajo la lluvia esperando no llegar demasiado tarde. La tormenta era peor de lo que había pensado y el viento frenó varias veces mi camino. Pero con solo pensar en ti, bajo aquellas nubes terribles, mojada y pasando frío; solo eso me desgarraba por dentro.
Llegué a mi casa temblando de frío, pero tú ya no estabas allí. Sentí como se detuvo mi corazón en aquel trágico instante en el que pensé que te había perdido para siempre. Te busqué por los alrededores, sabiendo que no te iba a encontrar. La desesperación me cegó y caí de rodillas, llorando. Tú, que habías sido la luz de mi vida, ya no estabas allí.
Los días siguientes no salí de casa, no me atrevía a mirar el mundo sin la confianza de que tú me protegías. Mis amigos fueron a buscarme varias veces, pero yo no quería verlos, no eran ellos a los que necesitaba. La tormenta continuó y solo me decidí a salir para ver si el frío de la lluvia era capaz de penetrar en mi corazón, que se negaba a latir.
Y fue junto a un árbol que te encontré. Estuve a punto de sentir alivio y alegría, pero comprendí que esas sensaciones no volverían jamás a mí. Porque tú estabas allí, y aun así ya no eras tú. Estabas empapada y quise darte calor, sin embargo tú no me miraste como lo hacías antes. No me dedicaste esas palabras de suspiro que tanto anhelaba.
Te llevé a mi casa, no sabía qué más hacer. Tú ya no me mirabas, pero yo continuaba queriéndote como antes. Estábamos los dos en mi habitación, rodeados por un despiadado silencio que amenazaba con romperme en pedazos.
Reprimí mi tristeza y traté de entender cómo habíamos llegado a eso, cómo mi luz se había convertido en mi desesperanza. Y una profunda ira surgió desde algún oscuro rincón de mi alma. Pensé en esas personas que habían fingido ser mis amigos, que habían fingido quererme para apartarme de ti.
Tú me habías dado el valor de conocerlas y ellas se habían atrevido a traicionarme. Y dolía, dolía mucho, pero no era comparable con lo que sentía al saber que tú ya no eras la de antes. Ellos ya no me causarían más dolor, ya no, porque no quería que formasen parte de mi vida nunca más.
No dudé en dejarles claro que no se acercasen a mí, que si lo hacían se arrepentirían. Ellos intentaron convencerme de que estaba tomando el asunto demasiado en serio, que tú, mi luz, mi libro, no eras motivo suficiente para tratarlos así, para alejarme de ellos. Entonces mi furia creció más y marché de su lado para no volver, porque sabía que la mayor venganza que podía hacer contra ellos era irme. Porque sabía que eso les causaría más dolor que cualquier otra artimaña que se me ocurriese.
Volví junto a ti, que seguías allí, silenciosa, posada sobre mi cama. Te admiré de nuevo, intentando descifrar esa amargura de tu rostro, de tu portada, para descubrir que había desaparecido. Me sorprendí y, por un instante, pensé que tal vez mi venganza había hecho que apreciaras mis esfuerzos, que volvieses a ser la de antes.
Pero allí donde una vez hubo alegría y hermosura, donde me dedicabas tus preciadas palabras; allí había una sonrisa. Era una expresión que nunca te había visto, despiadada, satisfactoria, el peor gesto que jamás me habías dedicado. Me asusté y me alejé de tu lado. Esa no eras tú, esos sentimientos malvados no podían proceder  de tu puro corazón.
La sonrisa continuó y con el tiempo fui comprendiendo lo que me querías decir con ella. Te estabas burlando de mí porque les había hecho daño a aquellas personas que tanto había llegado a apreciar, porque lo había hecho por ti. Me decías que no había sido solo la lluvia la que te había cambiado, la que había arrugado y roto tus delicadas páginas. Me decías que había sido yo, que había decidido elegir entre tú y ellos, que había decidido apartar de mí el mundo que me había dado un hogar, que tú me ayudaste a encontrar.
Sonreías porque el culpable de todo era yo.
No soporté esa mirada recriminadora, no quise entender lo que me decías. Me acerqué a ti y abrí tus páginas en un último intento por encontrar esa luz que una vez me habían dado tus sabias palabras. Pero solo vi las páginas de un libro que me recordaba lo que había hecho, que se oponían con firmeza a mi comportamiento, a mi ira, a mi tristeza y, sobre todo, a mis deseos de venganza.
Toda tú, mi adorado libro que siempre me guiabas, toda tú me despreciaba. No sabría decir si me sentí traicionado por ti o por mí mismo, pero aún hoy me arrepiento de mis actos. Aún hoy recuerdo tu temor cuando te cogí, tus súplicas cuando hice fuerza y tu llanto cuando desgarré tus páginas. Solo después fui consciente del error que había cometido, que nunca más estaría contigo, que lo único que había conseguido era oscurecer mi alma. Porque ya no podía volver atrás, tú no regresarías y yo no podría devolverte la vida que, a diferencia de mí, merecías.

Aún hoy veo esas hojas volando libres por mi cuarto, recordándome como despedida que yo había acabado contigo, pero, mientras tú volabas, yo había quedado preso en ese inevitable destino.

Gracias por leer y déjate llevar por la fantasía...

Comentarios

  1. Al empezar a leer no esperaba para nada el final. Me ha sorprendido mucho (en el buen sentido, claro). Creo que has elegido bien las imágenes, en especial la última: es preciosa y, acompañada con esa historia, me transmite, por lo menos a mí, una sensación de... tristeza y soledad que ayuda a que me quede con tus palabras.

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    1. Muchas gracias Rush!! Esta historia ya la tenía escrita desde hacía unos meses y me pareció momento de sacarla a la luz. Las imágenes las he puesto porque hacen la historia más amena de leer (y la última también me encanta a mí:)).
      Un saludo!!

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